Iglesia Evangélica

Comunidad Cristiana de Antequera

 

 

Te invitamos a estudiar

la Palabra de Dios con nosotros

 

En esta ocasión te presentamos tres capítulos del estudio: MATRIMONIO Y HOMOSEXUALIDAD. Próximamente facilitaremos nuevos capítulos.

 

MATRIMONIO Y HOMOSEXUALIDAD

Por   Francisco José Moreno Postigo         

Pastor de la Iglesia Evangélica, Comunidad Cristiana de Antequera

 

CAPÍTULO UNO

 

Preliminar y exposición de conceptos

 

 

...en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias...   (2 Pedro 3: 3)

 

 

Sinceramente no resulta fácil poner título a un estudio acerca de este tema tan particular.

La realidad social mundial ha cambiado en muchos aspectos. Nos encontramos en una época de globalización, alianzas y pactos entre naciones, enorme progreso de la comunicación y la información, grandes avances tecnológicos, migraciones de población, cambio climático, etc. Todo está en plena ebullición y transformación. Cada vez más nos damos cuenta de la necesidad que tenemos de ponernos al día en los diferentes campos de acción de nuestra vida. La importancia que alcanza estar informado nos hace entrar en un mundo de nuevas tecnologías con nombres que “se sientan a la mesa” en nuestros hogares como un miembro más de la familia: MP3, CD, DVD, Internet, 3G, USB, SMS, MMS, chat... A veces, los hijos conocen más a estas herramientas que a sus propios padres. Y, por su parte, éstos se afanan más y más en sus hijos con valores erróneos y deficiencias con resultados evidentes.

A modo de ejemplo, aunque pueda resultar una nimiedad en medio de una problemática social demasiado compleja, quiero mencionar un anuncio publicitario visto en España a finales de 2005. Es conocido que las agencias publicitarias se valen de las corrientes sociales para tratar de introducir los productos en el consumo cotidiano. Por ello, estimo que es un buen indicativo del pensamiento social lo que se ve en estas cortas historias que pretender hacer imprescindible lo que no lo es. En esta ocasión, un hijo de unos ocho años rechaza la ayuda de su padre que responde favorablemente para hacer deberes del colegio. El motivo de no aceptar que el padre le pueda resolver sus dudas es que el día anterior, éste no quiso comprar un teléfono móvil a buen precio y con las últimas tecnologías. Se da por supuesto que tal acción revela que el padre no sabe nada de nada y sus opiniones y aportación no es de fiar. Creo que sobran los comentarios ante esta aberración que alude a una sociedad de valores fuera de la Palabra de Dios.

Estar “a la última” en tecnología, motos, coches, deportes y otros puede ayudar en las relaciones sociales. Igualmente se llevan otra parte de la apertura de los entornos en que nos movemos, el dominio de las jergas, la forma de vestir, no mostrar cortedad ante vicios y conversaciones insanas,...

Nuestro tema no es analizar el tiempo de cambio tan intenso que estamos sufriendo. Pero se hace necesario, al menos, mencionarlo en este preliminar para una correcta ubicación del contenido a tratar.

Y sin lugar a dudas, precisamente uno de los grandes cambios acaecidos en nuestra sociedad es la  visión y concepción de la homosexualidad.

Hoy ya se debe asumir una enorme novedad que supera la aceptación y normalidad de esta manera de vivir. Incluso sobrepasa la equiparación de derechos y obligaciones de las parejas homosexuales con respecto a las heterosexuales. En España es una realidad el matrimonio entre homosexuales, siendo el cuarto país del mundo en legislarlo. Y es de entender que no será el último en abrir esta posibilidad.

Desde que se establece la “Ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se modifica el Código Civil  en materia de derecho en contraer matrimonio” (BOE núm. 157, de 02-07-2005, pp. 23632-23634), más de quinientas parejas homosexuales se han acogido a este derecho para contraer matrimonio en toda España hasta el 1 de diciembre de 2005.

 

La Ley comienza con una exposición de los fundamentos que ha propiciado que la legislación contemple una modificación como ésta:

La relación y convivencia de pareja, basada en el afecto, es expresión genuina de la naturaleza humana y constituye cauce destacado para el desarrollo de la personalidad, que nuestra Constitución establece como uno de los fundamentos del orden político y la paz social. En consonancia con ello, una manifestación señalada de esta relación, como es el matrimonio, viene a ser recogida por la Constitución, en su artículo 32, y considerada, en términos de nuestra jurisprudencia constitucional, como una institución jurídica de relevancia social que permite realizar la vida en común de la pareja.[1]

Y continúa haciendo un breve análisis de los antecedentes del Código Civil español, situándolos en el francés de 1.804. Así establece como prioridad el desarrollo de la personalidad del ciudadano en una sociedad que evoluciona en el modo de conformar y reconocer los diversos modelos de convivencia [...] La convivencia como pareja entre personas del mismo sexo basada en la afectividad ha sido objeto de reconocimiento y aceptación social creciente, y ha superado arraigados prejuicios y estigmatizaciones [...] En el contexto señalado, la ley permite que el matrimonio sea celebrado entre personas del mismo o distinto sexo, con plenitud e igualdad de derechos y obligaciones cualquiera que sea su composición. En consecuencia, los efectos del matrimonio, que se mantienen en su integridad respetando la configuración objetiva de la institución, serán únicos en todos los ámbitos con independencia del sexo de los contrayentes; entre otros, tanto los referidos a derechos y prestaciones sociales como la posibilidad de ser parte en procedimientos de adopción. [2]

 

Los fundamentos expuestos en ella contemplan el desarrollo personal, la igualdad de derechos y una visión interpretativa sobre la evolución social en la que los colectivos homosexuales se abren paso. Pero es evidente que la Ley referida no establece criterios claros en cuanto a la naturaleza y expresión del matrimonio, a la base de la homosexualidad, ni a los derechos del niño que pudiera ser adoptado por una pareja formada por dos hombres o dos mujeres en la aplicación de la reforma del Código Civil.

 

Ante este hecho y otros tantos, constituye un reto para la Iglesia Evangélica desenvolverse en la sociedad con la Palabra de Dios en alto.  Y es que atravesamos tiempos donde circulan tantas formas de pensamiento e información, que el cristiano se ha de decidir, con toda valentía, a defender la Voluntad de Dios expresada en Su Palabra.

Como muestra de esta dificultad, aunque podríamos citar otras tantas, recojo un testimonio ocurrido en Suecia que puede situarnos con más precisión en los obstáculos que el cristiano tiene en la sociedad actual. Para nosotros es cercano el caso de un pastor evangélico sueco condenado a un mes de prisión por hablar públicamente contra la homosexualidad:

Según informa la agencia Ecumenical News International, el Pastor Ake Green, miembro del movimiento pentecostal, ha sido sentenciado a un mes de prisión por describir la homosexualidad como “anormal, un horrible tumor canceroso en el cuerpo de la sociedad” durante un sermón en el que explicaba las claras enseñanzas evangélicas sobre la homosexualidad, especialmente el pasaje paulino de I Corintios 6,9.

Como sus palabras ofendieron a algunos homosexuales, Green fue acusado y sentenciado según una ambigua ley contra la “incitación a la violencia”.

Soren Andersson, presidente de la Federación Sueca para los derechos de homosexuales, lesbianas, bisexuales y transgéneros, dijo estar “completamente de acuerdo” con la decisión porque, según él, “la libertad religiosa no debería utilizarse para ofender a las personas”.

Voceros pentecostales han protestado la medida señalando que la pena de cárcel establece “un grave precedente contra la libertad religiosa y la libertad de expresión”; y señalaron que los numerosos líderes homosexuales que han atacado ferozmente a las iglesias “nunca han recibido ninguna censura o pena”.[3]

 

Por todo esto, me he propuesto, como cometido central de esta breve exposición, ver y ratificarme en los aspectos y principios bíblicos con respecto al matrimonio y la homosexualidad. En ningún caso pretendo entrar en un estudio sobre la vida matrimonial o la educación de los hijos. Más bien, mi intento va dirigido a tocar conciencias y corazones  cristianos frente a una realidad social que nos alcanza. Situar la Palabra de Dios como pilar absoluto en autoridad legal, moral y de convivencia para todo ser humano, con independencia de su cultura, nacionalidad, creencia. Asentar, desde esta perspectiva, que la homosexualidad es contemplada en las Escrituras con todas sus consecuencias, siendo los casos actuales englobados por las definiciones y tratos de Dios con respecto al ser humano. Aceptar la visión bíblica de matrimonio hasta el punto de precisar nuestra postura conforme a esta visión.

 

Como inicio, partiremos de la base esencial en la que el principio del matrimonio es inalterable, con todo rigor y sabiendo, desde la Verdad bíblica que es usado en la relación de Cristo y la iglesia. Es por tanto que, desde aquí, ante la categoría en la que Dios establece el matrimonio, éste no puede ser usado en la dimensión que esta Ley, por la que se modifica el Código Civil español, pretende.

 

Algunos círculos políticos y religiosos han estimado llamar a esta unión de forma diferente. Así se quiere distinguir una institución tradicional (el matrimonio), de una unión distante en esencia y contenido (el compromiso de compartir una vida en la unidad íntima de dos personas del mismo sexo).

Entiendo que esta forma de preservar los valores sociales, culturales o tradicionales podría ser, como mínimo, eficaz. Pero no se ve en ella un ámbito de seriedad, consecuente con la sociedad y en un compromiso bíblico-cristiano y de calidad, encaminado a ayudar y transformar al individuo inmerso en el problema de la homosexualidad.

Además, es sabido que los colectivos defensores de la Ley por la se modifica el Código Civil, no están por la labor de admitir en esta unión un nuevo nombre distinto a “matrimonio”. Y es que, no solamente anhelan la igualdad de derechos, sino que persiguen todo el contenido que este término encierra. Pudiéndose ver que sin conocer la dimensión de este principio, y menos al nivel de la perfecta Voluntad de Dios.

 

La Palabra no es ambigua en el tema de la homosexualidad, como veremos. Algunos afectan este fenómeno a causas médicas, psíquicas o incluso patológicas, con el firme propósito de ofrecer un equilibrio entre los que se ven obligados a aceptar  esta realidad y los que, desde su concepto, no la admiten.

Pero no podemos hacernos una idea equívoca de la realidad social, sobre todo en temas tan extendidos y condicionantes.

Las patologías que llevan a la producción alterada de hormonas sexuales, alteraciones genéticas, hermafrodismo, trisomías en los genes que comportan los caracteres sexuales del individuo, etc., son muy minoritarios y no dejan de ser patologías, posibilitando enfermedades, no homosexuales en la forma que se dan en la sociedad.

Estas enfermedades no se corresponden, ni en la mejor tentativa, a la realidad social de la homosexualidad. Hablamos de un porcentaje ínfimo de población con patologías que tengan que ver con alteraciones sexuales, frente a un número creciente e importante de individuos que manifiestan su “inclinación sexual” hacia personas del mismo sexo, sin las alteraciones genéticas mencionadas. Además, es una injusticia aberrante asociar las enfermedades descritas con el fenómeno homosexual. Aquellos que se planteen las patologías como base para la homosexualidad, deberían reflexionar sobre las personas verdaderamente afectadas por enfermedades lamentables ligadas a factores genéticos y pensar que los problemas y formas de vida que les permiten tener sus enfermedades, difieren mucho de la homosexualidad como se vive hoy en la sociedad.

 

Para profundizar más en el tema, citamos a dos autores de prestigio reconocido en las iglesias evangélicas:

La más reciente y ampliamente publicitada sugerencia es que la homosexualidad tiene base genética. Stanton L. Jones, director del Departamento de Sicología de la Universidad Wheathon, EE.UU. de A. Escribe:

Las evidencias sugieren que los factores genéticos, posiblemente operando por medio de diferencias cerebrales, pueden dar a algunos un empujón en dirección de la homosexualidad.

Pero Jones no sugiere que los factores genéticos hagan a alguien homosexual, ni que esos factores desdigan “el llamado moral de Dios a nuestras vidas”. [4]

Es curioso observar los intentos que las personas tenemos para eximirnos de responsabilidades en los actos que nosotros mismos hacemos. Desde el huerto de Edén -donde el hombre (receptor del mandato de Dios que prohibía comer del árbol de la ciencia del bien y del mal), después de desobedecer a Dios, culpa a la mujer y también a Dios que se la dio a él, y la mujer a la serpiente que vino a ella con engaño-, tratamos de no asumir las consecuencias y la responsabilidad de nuestros errores. Y es que las declaraciones referidas son dignas de tener en cuenta en este aspecto. Los estudios reflejados son recientes y pueden dar luz a tratar pacientes con problemas, y por supuesto podrán ser buenos; pero las conclusiones de Jones son el soporte necesario para que muchas personas continúen haciendo lo que les place, sin que sus conciencias les hable en contra de sus acciones. Realmente éste es el propósito humano cuando no está dispuesto a claudicar en sus pensamientos para dar paso al propósito de Dios y a su preciosa bondad. Constituye un acto de rebeldía contra Dios en la forma en la que el ser humano una y otra vez incurre frente al Creador.

Lo que realmente dice la conclusión recogida en el libro de Josh McDowell y Bob Hostetler, es que algunos factores genéticos “pueden” –haciendo clara alusión a que no van a ser determinantes, pues no comportan patologías-, “dar a algunos un empujón hacia la homosexualidad”, no los hace homosexuales. La personalidad y la voluntad de la persona han de decidir hacia dónde se dirigirá a sí misma. Alguien podrá tener una tendencia, pero no por ello será un delincuente o un depravado. Existen factores internos en la persona que van a mezclarse con los externos para dar como resultado la complejidad del individuo y su proceder ante los retos de la sociedad y sus relaciones con ella. Por ello, se nos puede hablar de “pueden” y de “empujón”, pero no de eximir de responsabilidad o de caer en procesos inevitables. La homosexualidad no obedece a factores genéticos ni patológicos, sino a causas de comportamiento complejas a las que Dios puede llegar y transformar.

Para ilustrar  este estudio en las definiciones que se van exponiendo, recojo una noticia presentada con un testimonio de transformación de vida en el Señor muy interesante.

«Aunque sentir atracción por personas del mismo sexo quizá no sea una elección, actuar sobre esos sentimientos sí lo es», explica Tim Walkins, activista gay en sus años de juventud y hoy pastor presbiteriano casado y con tres hijos. «Salir de la homosexualidad es posible a través de Jesucristo», asegura.

Walkins defendió esta postura en el campus de la Universidad de Milwaukee (Wisconsin, EE UU) el pasado jueves, e intentó así dar una respuesta cristiana a la cuestión de la homosexualidad. Cuando cursaba secundaria, pensar en la heterosexualidad le «asqueaba». «Yo no elegí sentirme atraído por mi mismo sexo. Uno de los misterios de la vida es precisamente éste: que uno no puede elegir aquello por lo que es tentado», explicó.

Aun así, Walkins insiste en la diferencia que se debe hacer entre la atracción homosexual que se siente y el comportamiento que se puede tener ante ella. «Se puede resistir con ayuda de la fe y de una relación personal con Jesucristo», asegura.

«Reorientación». De todos modos, Wilkins reconoce que en una época de su vida sí escogió ser «un homosexual activo», especialmente cuando cumplió los veinte. El cambio llegó poco a poco, como un proceso de «reorientación». «No es algo que se consiga de la noche a la mañana», advierte. (…) «Me di cuenta de que, aunque no sabía cómo dejar de ser homosexual, sí sabía cómo ser obediente a lo que creía». Después de unos años, Tim Walkins consiguió encontrar «la calma y la liberación» en lo que él llama una «dramática y romántica» atracción heterosexual por primera vez en su vida. Hoy está felizmente casado y tiene tres hijos.[5]

 

Hoy se tiende a la igualdad absoluta entre el individuo heterosexual y el homosexual, en un titánico esfuerzo social que pasa por admitir lo que para Dios no es admitido ni estaba en Su propósito para el ser humano. No es raro ver personas con una apariencia de vida familiar, con hijos, cónyuge, y que practican la homosexualidad en las ocasiones que buscan para ello.

Dentro de esta gama de vivir la sexualidad, se encuentran igualmente los bisexuales, sin tener el mayor problema para tener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo o con otras del opuesto.

Hará unos meses escuché a un personaje que frecuenta los medios de comunicación masiva definirse a sí mismo como trisexual. A saber lo que quiso decir con eso.

Cada día se tiende a una sociedad en la que todos tengamos los mismos derechos. Los gobiernos de las naciones se ven más y más en esta necesidad, olvidando que la autoridad que tienen es puesta por Dios. Tanto que levantan esta norma para dar cabida “con calzador” a lo que no es posible que sea admitido en la sociedad. En el caso que analizamos, la igualdad de derecho a costa de “pisotear” la base de nuestra sociedad, la familia.

De forma que hoy es perfectamente legal en España una familia en la que los niños sean educados en convivencia por dos padres o dos madres. Y es que los modelos sociales occidentales están llenos de enormes contrastes, como el que está servido en 2.005: tratamos de reeducar al delincuente al que hace daño a otro, pero al que se hace daño a sí mismo o, aparentemente, no perjudica a los demás, le facilitamos a caminar en su propio perjuicio. ¿Acaso no es patente la desestructuración que supone una familia con estas características? ¿Se tiene la suficiente base social para hacer legal la adopción de niños obligados a vivir con dos figuras paternales o maternales, cuando la necesidad de la persona en esas edades es tener un padre y una madre? ¿Desde cuando el ser humano es más sabio que Dios?

No nos cuestionamos nada de tipo religioso, ni tan siquiera social, sino que son vidas de personas las que sometemos legalmente a familias en las que no predecimos un futuro fiable de sanidad global. Sencillamente porque ninguna sociedad en toda la historia caminó así, carecemos de elementos objetivos de contraste, conduciéndonos a una cuestión inequívoca: este modelo familiar no es natural, oponiéndose a todo lo valorado como enriquecedor y sano para los seres humanos.

Y es que en la adopción de hijos no existe experiencia en un campo tan sensible. Algunos pretenden hacer la “vista gorda”, otros pretenden someter la libertad del niño a la sexualidad de dos adultos. Son muchos expertos los que advierten de los peligros que corren estos niños que legalmente serán adoptados. Es el caso publicado en elmundo.es de 20 de Junio de 2.005, donde dice que el catedrático de Psicopatología de la Univer-sidad Complutense Aquilino Polaino Lorente ha alertado de que la homosexualidad "se suscita" en los hijos adoptados por gays o lesbianas. Polaino ha hecho estas declaraciones en la Comisión de Justicia del Senado a propuesta del PP.

Casi sin darnos cuenta de las acciones que aprobamos y sus consecuencias, la depravación humana va quedando día a día más patente. De forma que caminamos en contra de nuestra propia naturaleza, de la creación de Dios.

El Dr. Armando P. Ribas escribe en el Foro Atlas 1853 acerca de este tema:

Si la naturaleza humana fuese tan maleable como pretenden los socialistas, hoy tendríamos al “hombre nuevo”, y más aun la “virtud” de la homosexualidad. Debo decir que mi pensamiento no significa que debe discriminarse en ningún caso, respecto a ellos, pues las acciones privadas de los hombres no competen a la sociedad. El matrimonio es una institución social gústele a quien le guste, y pésele a quien le pese. Esta puede variar pues empezando con los judíos, existía la poligamia y probablemente, tal como decía Hume en su ensayo sobre el matrimonio y el divorcio, correspondía a situaciones sociales particulares de la época. Es cierto que el matrimonio monogámico comienza con el cristianismo, y en éste se encuentra gran parte de los principios que forman el pensamiento liberal, tal como la separación de la Iglesia del Estado. Pero la idea misma de matrimonio en ningún momento de la historia ignoró la naturaleza de los sexos, por más que haya existido homosexualidad desde tiempo inmemorial y así la permitía el propio Platón.

 

La Alianza Evangélica Española emitió un comunicado en julio de 2.005 que tituló “Llamamiento a los Evangélicos Españoles”, y que comenzaba así:

Un acontecimiento legal de gran trascendencia ha sacudido lastimosamente el tejido social de nuestro país: la legalización de las uniones homosexuales como matrimonios, convirtiendo a España en el cuarto país del mundo que aprueba una ley semejante.

En este manifiesto se hace un llamamiento a cada cristiano a reconocer y aceptar la autoridad de la Biblia, punto sobre el cual la iglesia se mantiene en pie o cae. Además apela a seguir el distintivo de la fe protestante a lo largo de los siglos: la sola Scriptura. Y concluye con la advertencia de no caer en el sometimiento al juicio desfavorable de las ideas e ídolos contemporáneos, perdiendo la seriedad de seguir las Sagradas Escrituras.

En el mismo escrito enviado a las iglesias Evangélicas y firmado por el médico psiquiatra y presidente de la Alianza Evangélica Española, Pablo Martínez Vila, y por el Secretario de la misma, Jaume Llenas, se recoge un Comunicado de prensa emitido en Madrid el 10 de Octubre de 2.004. En éste se aprecia la motivación y preocupación que, como cristianos evangélicos, tenemos frente a esta realidad social y legal servida por políticos sin ver las consecuencias que tendrá lo aprobado. Por ello quisiera plasmar en este apartado del breve estudio propuesto, la integridad del “Comunicado Sobre Matrimonios Homosexuales y Adopción por parte de Parejas Homosexuales” emitido por la Alianza Evangélica Española.

Entendemos la necesidad de asegurar el derecho a una igualdad jurídica de todos los ciudadanos, y en este sentido abogamos por una equiparación de los derechos civiles de todas las personas, al margen de su orientación sexual. Sin embargo, queremos matizar que:

1)      El matrimonio heterosexual y la pareja homosexual son hechos y conceptos claramente diferentes. En este sentido no creemos que exista un derecho civil al matrimonio homosexual, siendo el matrimonio una institución esencialmente heterosexual.

2)      Dicho esto, no obstante reconocemos el derecho del Estado a legislar sobre la materia con la enorme responsabilidad que para bien o para mal esto conlleva; siendo también importante enfatizar que la legalidad no significa legitimidad moral, y en este sentido entendemos y manifestamos que la ética cristiana concibe la sexualidad humana dentro del ámbito de la relación matrimonial heterosexual. Cualquier sexualidad que quede fuera de esta esfera entendemos que es contraria a la ética cristiana y al diseño de Dios como creador de sea sexualidad. Partiendo de esa base, la ética cristiana no condena las tendencias, sino que condena la práctica fuera del ámbito matrimonial heterosexual.

3)      En cuanto a la cuestión de la legalización de la adopción  de niños por parte de las parejas homosexuales, aunque el hecho en sí existe de ipso en una minoría y alegalidad, sí sería potenciarlo el admitirlo legalmente. Esta legalización creemos que se ha hecho precipitadamente, sin tener en cuenta los derechos y posibles perjuicios para el niño (cuyos derechos están por encima de los de las personas que forman la pareja homosexual); ya que se ha procedido sin la reflexión, el consenso y un estudio objetivo adecuados. Entendemos que es cuanto menos inseguro, afirmar que esta adopción no tendrá efectos sobre los menores adoptados.

4)      Por último, nos preocupa que el ejercicio de una opción de vida desde la orientación homosexual se confunda cada vez más con un derecho humano fundamental. Cualquier estilo de vida (social, político, religioso) puede ser criticado y cuestionado desde el respeto. Es una parte fundamental de la libertad de conciencia (éste sí es un derecho fundamental) y los valores democráticos.

Por lo cual desde la ética cristiana nos manifestamos contrarios a la equiparación del matrimonio y la pareja homosexual, y desde la ética y los derechos del niño radicalmente opuestos a la adopción de menores por parte de parejas homosexuales.

De esta forma, y tras esta exposición, pasamos a enfocar la realidad social en la visión bíblica, conjugando dos conceptos incompatibles entre sí. Y es que nada más poner título a este breve ensayo, ya es complejo.

 

CAPÍTULO DOS

 

Una humanidad sumida en el pecado

 

 

...la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad...      (Romanos 1: 18)

 

 

Desde tiempos muy lejanos, la inmundicia e injusticia del ser humano, disfrazadas de bienestar y placer, se ha hecho patente en la historia.

En la actualidad, vivimos en un sistema social que, aparentemente, nos lleva a derechos para todos, igualdad, paz y mayor seguridad. Es la llamada “sociedad de bienestar” o “Estado de derecho”.

Pero todo es ficticio y la realidad dista enormemente de las “buenas intenciones” de los gobiernos del mundo.

Tras la Segunda Guerra Mundial (uno de los más aberrantes y vergonzosos hechos de la historia), se crea la Organización de la Naciones Unidas (ONU), un organismo internacional que se preocupará por la paz a través de vías diplomáticas, intervenciones armadas en países de inestabilidad política para asegurar la paz, etc.

En los últimos años hemos podido ver que países como los EEUU, el Reino Unido y otros, se han saltado resoluciones del Consejo de las Naciones Unidas para intervenir militarmente en países, con altos intereses económicos, en aras de ridículas excusas, arrojando miles de muertos y familias deshechas.

Y es que la humanidad antepone su criterio e interés, a la Justicia y Voluntad de Dios. Las naciones de la tierra aparentan ser fieles, pero son lobos devoradores en manos del adversario.

Dedicaremos este apartado de nuestro breve estudio para hacer una valoración del sistema pecaminoso  y opuesto a Dios impuesto por el dios de este siglo que cegó el entendimiento de los incrédulos (2 Corintios 4: 4); en contraposición al perfecto propósito de Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, Él es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. (2 Corintios 4: 6).

 

En la Palabra podemos leer promesas impresionantes  para aquellos que temen a Dios y se deleitan en Sus mandamientos. Y también denuncia a quien no cuenta con Dios en lo que hace y obra según su consejo, errará en sus decisiones y no caminará hasta ser feliz.

Veamos dos textos en los que podemos comprobar lo asegurado en el párrafo anterior:

Bienaventurado el hombre que teme a Jehová y en sus mandamientos se deleita en gran manera. Su descendencia será poderosa en la tierra; la generación de los rectos será bendita. Bienes y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre. (Salmo 112: 1 – 3).

 

Hay generación que maldice a su padre y a su madre no bendice. Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia. Hay generación cuyos ojos son altivos y cuyos párpados están levantados en alto. Hay generación cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra, y a los menesterosos de entre los hombres. (Proverbios 30: 11 – 14).

Debemos reconocer que nuestro concepto de bien es “cortito”. Existe una idea muy extendida en la sociedad actual: “yo no hago daño a nadie, por tanto, puedo llamarme bueno y tener mi conciencia tranquila”. Con este pensamiento se presenta mucha gente a los demás y quieren justificarse a sí mismos delante de Dios.

Sin embargo no se dan cuenta que no basta con no hacer daño a nadie (si esto fuera posible, pues de una forma inconsciente o indirecta nos dañamos los unos a los otros), sino que nosotros no podemos pagar por nuestros propios pecados, ni nadie es tan bueno como para justificarse a sí mismo.

Como está escrito: no hay justo, ni aun uno [...] ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. Romanos 3: 10 y 20 – 26.

La salvación se produce por la fe en Jesucristo y no por obras, sabiendo que la fe sin obras está muerta. Es, pues, la fe la que nos introduce en la buena Voluntad de Dios, perfecta y que nos lleva a felicidad.

La obediencia, en general, es la asignatura pendiente del ser humano. Sin embargo, la obediencia a Dios es la llave de la felicidad que muchas personas buscan y se agotan porque no quieren abandonar su miseria e inmundicia, cotizando erróneamente la basura que existe en el hombre sin Dios, llevado por su propia mente y deseos engañosos.

 

Entremos a descubrir en la Palabra de Dios qué podemos advertir en cuanto a la igualdad entre matrimonio y “pareja homosexual”.

Entiendo que esta cuestión, a pesar de lo incomprensible que supone para el cristiano, ha de ser un desafío; pues, en mi opinión, nos coloca en una dirección en la que aún más podemos ser de enorme utilidad al ser humano y a la sociedad. Ya que esta Ley 13/2.005 de 1 de Julio arrojará aún más problemas de los ya existentes en la mente, ya minada, del ser humano de hoy. Nuestro reto es ser luz en medio de tinieblas. Dios ya nos hizo serlo por Jesús su Hijo, nuestro Señor. Ahora nos corresponde a nosotros brillar y alumbrar en medio de las tinieblas.

 

En tres apartados nos introduciremos en la lucha cristiana contra las miras del adversario sobre el matrimonio y la familia. Si nos detenemos, vemos que son evidentes las tinieblas y los conceptos impuestos por ellas que esclavizan a la parte de la humanidad que aún no ha aceptado la obra redentora del Hijo de Dios, no siendo, por tanto, libertada por nuestro Señor Jesucristo en su muerte, por la limpieza de su sangre y en su resurrección.

En primer lugar,  analizaremos brevemente los cambios experimentados por la familia en las últimas décadas.

En el segundo apartado progresaremos en la batalla mantenida por el cristiano contra de todo valor mundano, sabiendo que la Palabra nunca estuvo de moda.

En el tercer punto, nos centraremos en la lucha de los redimidos en Cristo, pero de una forma más concreta, con respecto al matrimonio y la familia.

 

1.      Tiempo de cambios:

 

...en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella. (2 Timoteo 3: 1 – 5).

 

Vivimos tiempos de cambios que requieren tomar posiciones y afrontar problemas para llevar a solución, consuelo y descanso en el Señor a los atormentados por el enemigo.

De toda la porción de la Palabra de Dios reseñada antes, que basta con una pequeña mirada alrededor para descubrir personas de este porte, pondré más atención a su parte final: que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella. El término en el que entiendo debo detenerme es piedad.

El término griego que significa piedad, eujsevbeia (eusebia), aparece 15 veces en el Nuevo Testamento y 9 de ellas en las dos cartas paulinas a Timoteo. Una de las acepciones de este vocablo en castellano, según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, es virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión. Y en este sentido podríamos enfocar esta parte de nuestro estudio. Sin embargo, no es ésta la idea que la Palabra ofrece al hablar de la piedad.

En 1 Timoteo 3: 16 habla del misterio de la piedad, atribuyéndole el calificativo de grande. A continuación habla de la venida y la manifestación de Dios-Hijo, encarnado, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado..., creído... y recibido arriba en gloria. No está mencionando una virtud, ni amor humano. Es la esencia misma del amor de Dios hacia la humanidad entera. Por tanto, en la Palabra se nos da un sinónimo del amor de Dios que a propiciado Su acción en nosotros. El vocablo bíblico que engloba tal revelación es piedad.

En el texto referido anteriormente, advierte de hombres que en sus formas van a parecer llenos de Jesucristo, de Su revelación y manifestación, pero en sus hechos son detractores de todo el mensaje y la obra de Jesús.

La piedad, aquí y en el Nuevo Testamento, cobra un enorme contenido, asombroso, de manera que tiene poder. En griego, la palabra traducida como eficacia es duvnami" (dunamis: poder, fuerza). Luego, la piedad tiene poder, puesto que es la manifestación de la obra redentora de Cristo en la cruz, el camino de salvación.

Cuando el ser humano pretende obrar por su cuenta, aún en las mejores cosas o intenciones, siempre anda en desatinos y errores, desobediencias y ausencia de estabilidad, egoísmos y crueldades. Lo perfecto está en Dios y a Él debemos recurrir y rendir nuestros propósitos para se cumpla su Voluntad en nosotros y no nuestras miserias.

La sociedad ha experimentado cambios, aparentemente buenos, pues parece que vivimos mejor. Pero la inmensa mayoría de ellos se han producido al margen de Dios, sin tener en cuenta aquello que Él quiere. Las consecuencias de tales acciones las vemos con demasiada frecuencia en las noticias, a nuestro alrededor, en multitud de circunstancias.

Estos cambios son muy profundos en la sociedad y afectan de forma muy incisiva sobre la familia.

Al igual que las distintas facetas de la vida cotidiana de nuestra sociedad, el concepto de familia ha experimentado profundos cambios en las últimas décadas, tanto como institución, como base en el orden social. De tal forma que, desde un punto de vista sociológico, se hace imposible establecer una definición normativa de la familia.

Las nuevas tendencias de la vida familiar son amplias; pero con todo, y sabiendo que se escaparán muchas de ellas en esta exposición, trataremos de plasmarlas:

Cada vez más, existen personas que deciden compartir vida en pareja sin estar casados, constituyendo “parejas de hecho”. El número de divorcios, supera ya el de nuevos matrimonios. Cada vez son menos frecuentes las familias numerosas, incluso muchas parejas deciden no tener hijos. La vida y economía familiar se ven marcadas por la vida laboral de ambos cónyuges, trabajando los dos fuera de casa. El tremendo esfuerzo titánico de las personas que se ven obligadas a educar hijos en soledad, es más común día a día, con los consiguientes problemas que esto trae sobre los hijos. Las relaciones bisabuelos, abuelos, padres, hijos, nietos, bisnietos se ven truncadas en muchos casos por la distancia y ritmo de vida, creando ciudades gigantescas donde mucha gente va constantemente de un sitio para otro. Más y más son los niños educados por criadores, guarderías, colegios, internados, creándoles ambientes inadecuados, faltos de calor, acusando inseguridad y pillería. Familias desintegradas y desestructuradas arrojan un alto índice de delincuencia social con crímenes atroces. La falta de estabilidad que acusan muchas parejas, ofrecen carencias importantes a familias ya resentida, de hecho, por problemas anteriores. Parejas homosexuales hoy ya en igualdad legal ante la adopción y educación de hijos; creando familias bajo conceptos tan nuevos como imprevisibles sociológicamente; pero que, fuera del plan de Dios y siendo de invención humana, ciertamente están destinadas a fracaso y foco de problemas socio-culturales.

Los escritores contemporáneos conceptúan a la familia nuclear de diversas maneras: como represiva (muchos autores marxistas y feministas); como instrumento de control social, subversiva a la autoridad religiosa o de estado; una fuente frecuente de desórdenes psicológicos; y potencialmente idólatra. Muchos en occidente, que consideran a la familia en un estado de crisis, buscan formas alternativas de comunidad, como un retorno a la familia extendida, o las viviendas colectivas.[6]

Con todo, podemos ver en Romanos 1: 18 – 32 las causas de la corrupción y desintegración social en todas las épocas de la historia de la humanidad.

 

 

 

2.      Choque entre la Palabra y el sistema social mundial:

 

La visión social actual del sistema mundial choca con la perspectiva bíblica y, por tanto con el plan de Dios. Una de las aportaciones de la psiquiatría moderna, en su vertiente denominada “anti-psiquiatría”, consiste en contemplar la delgada línea que separa la locura de la cordura; qué mundo es más irreal el del considerado loco o el del cuerdo.

En un aporte mayor de información multi-disciplinal, la sociedad, en todos sus ámbitos y mecanismos, va a dar su alarma cuando una actitud, enfermedad, o cualquier agente, ejerza un peligro para el colectivo. Mientras tenderá a una perfecta tolerancia en caso contrario.

Con estas bases, muchos de los pecados contemplados en las Escrituras, son aceptados sin ningún tipo de problema por el conjunto de la sociedad.

Así, las labores y orientaciones dadas por los diferentes estamentos sociales que inciden en las poblaciones, actúan en el conjunto, no en el individuo. La gente es movida a respetar y aceptar las particularidades de cada cual, sean cuales sean, siempre que no perjudique a los demás, claro.  El trabajo se hace en el entorno, para ser movido a aceptar y convivir.

La Palabra muestra el plan de Dios, que no se centra en el entorno y mucho menos para que acepte el pecado, sino que Dios quiere relacionarse con la persona.

Mientras que en los planteamientos del sistema mundial, el individuo no es transformado, manteniendo su pecado y deformación cara a Dios, confiado y cómodo por la aceptación social; el plan de Dios se realiza bajo la acción de Jesucristo en su muerte y resurrección, para una felicidad integral del redimido, al ser transformado y limpio, abriéndosele una vida completa y llena de Dios.

Cuestiones como la homosexualidad, la falta de compromiso hombre-mujer, desarraigo familiar, promiscuidad, etc. en lo concerniente al plano familiar (y muchísimas en otros temas), siguen este choque en sus planteamientos, con toda la incidencia que tienen. Son aceptados por el entorno social (siempre que no causen “daños” a los demás), cuando en realidad se trata de desvirtuaciones que alejan de Dios y Su gracia.

Con un simple vistazo a los medios de comunicación se descubre con facilidad la aceptación que tienen las personas inmersas en brujería, divorcios, homosexualidad, promiscuidad,...

 Un ejemplo lo tenemos en los concursos televisivos denominados “reality shows”[7], como los planteados en los que varias personas conviven en un mismo lugar mostrando sus momentos íntimos en la pequeña pantalla, es patente la preferencia del público sobre las personas que “dan juego”, siendo éstos los más rocambolescos cargados de pecados.

Para el ser humano es mucho más fácil poner en práctica la desobediencia a Dios, pensando (siendo únicamente una percepción) que gobernamos nuestra propia vida; que obedecer a Dios, donde podemos creer (simplemente así lo entendemos, aún no siendo ésta la verdad) que no controlamos nuestra propia realidad.

Y es que esto, en definitiva, no es cierto; ya que la Palabra ofrece una serie de paradojas muy peculiares.

Podemos leer en la Escritura:

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? (Mateo 16: 24 – 26).

La lucha del hombre está en poseer o en ser influyente o importante. A esta condición, que comporta una forma de vida entregada a “ganar el mundo”, es lo que Jesús llama tratar de salvar la vida” uno mismo. Sin embargo, la pelea del seguidor de Cristo no está en este afán, sino en todo lo contrario. Más bien se trata de “perder la vida” por causa de Él. Aquí radica la renuncia a nuestro propio “yo”, a mis deseos y satisfacciones, en favor de la perfecta voluntad de Dios.

Existen textos en la cartas del apóstol Pablo en las que advertimos esta singularidad que conduce a hallar nuestra vida en el Señor, verdadera, abundante y eterna:

Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia [...] Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. (Colosenses 3: 5 – 6 y 12 – 14).

Morir a la desobediencia a Dios para nacer a lo perfecto. El Señor Jesús puso sus pisadas en estos lugares igualmente. El autor de Hebreos así lo resalta en su carta cuando dice:

Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. (Hebreos 5: 8 – 9).

El Hijo, aún siéndolo como efectivamente lo era, tuvo que aprender obediencia. ¡Cuánta importancia tiene la obediencia en la vida del cristiano! La mayoría de los creyentes tienen su verdadero campo de batalla en este aprendizaje. Saber obedecer a Dios conduce a victoria, mientras que la satisfacción de los propios deleites o la sabiduría en la propia opinión o pensa-miento del ser humano lleva a infelicidad personal y ajena.

 

3.      Tocando los pilares del matrimonio:

 

 Con lo acaecido en el último tiempo en materia legal con respecto a la igualdad entre matrimonio y pareja de homosexuales, se ha llegado a tocar los pilares de la familia y el matrimonio. Son muchos los riesgos que se corren al querer forzadamente que éstos sean transformados en su esencia.

Al situarnos frente a la expresión “matrimonio entre homosexuales”, no encontramos nada nuevo en matrimonio, tan antiguo como el ser humano; y tampoco en la homosexualidad, quedando ya este concepto muy atrás en tiempo. Donde reside la novedad es en la conjunción de estos dos términos para resultar una expresión que, desde muchos puntos de vista (incluido el bíblico, para nosotros el único que tiene validez), son incompatibles.

Cuando meditamos en esta idea, nos damos cuenta que no cabe semánticamente matrimonio en esta unión. Y es que, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en su sección dedicada al matrimonio, dice:

Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.

Algunos pensarán que estas acepciones tendrán que ser cambiadas sin más, pero los que así lo ven no reparan en aquello que verdaderamente debe ser modificado.

También he recibido (como se hacía referencia en el preliminar de este breve tratado) a través de los medios de comunicación, la opinión de periodistas y políticos diciendo que esta unión no es en sí un matrimonio, pues es una institución milenaria y que lo necesario sería, equiparando derechos, ponerle un nombre distinto. Todo para no perjudicar el concepto clásico de matrimonio.

Se puede llegar a pensar que llamando a esta unión de otra forma se solucionan las dificultades sociales, éticas, morales y de responsabilidad humana que este hecho va a generar.

En mi opinión, sin llegar a negar la realidad social que vivimos, tendríamos que hacer un análisis sobre las consecuencias que supondría una exageración de este tipo. Pasar en tres décadas de una visión aberrante de la homosexualidad, a ponerse de moda y aceptarla como algo natural, dentro de la libertad sexual de la persona (como si mover nuestra voluntad y elegir no conllevara consecuencias), dando ocasión a casamientos, adopción de hijos, etc., es un auténtico exceso, fruto de la locura y pecado de la humanidad.

Este análisis se puede hacer desde tantas perspectivas como se quieran, pero el enfoque que nos corresponde como cristianos evangélicos, con nuestro “grito de guerra” de la sola Scriptura, es bajo la perspectiva en la Palabra de Dios en conciencia y consecuencia.

Para ello, no tenemos más alternativa que ir a la propia creación del hombre, donde creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. (Génesis 1: 27 – 28).

También hay un mandato para el propio desarrollo humano en plenitud, donde Adán no encuentra ayuda idónea entre todo lo creado. Cuando Dios crea a la mujer y es presentada ante el hombre, éste la acepta con entusiasmo, con agrado. Y dice Génesis 2: 24:

Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

Desde el principio Dios establece su plan con el ser humano, que viva en pareja de por vida, compuesta por un hombre y una mujer, el matrimonio. Éste ha superado el pecado del ser humano, las culturas tan dispares y opuestas en muy diversos temas, los tiempos, las guerras, los miedos,... y llega hasta hoy.

Aquí planteamos el comienzo de nuestra andadura en la Palabra, para poder descubrir de qué forma Dios plantea y pide la convivencia en matrimonio y cómo ve la homosexualidad. Por esto último comenzaremos.

 

CAPÍTULO TRES

 

La homosexualidad desde la perspectiva bíblica

 

Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala; y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.

(Santiago 4: 16 – 17)

 

 

 

La homosexualidad está bien definida en la Palabra de Dios. Al igual que otros conceptos, no es establecida de la forma que lo haría un diccionario de nuestro tiempo, sino que el contenido que encierran las palabras se fijan por su empleo y contexto.

Así vemos, por ejemplo, en Levítico 18:22 que dice: No te echarás con varón como con mujer; es abominación. También Levítico 20:13 hace la misma referencia: Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre.

En el Nuevo Testamento destacamos un texto en Romanos 1: 26 – 27 que dice: Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.

Con estos textos podemos dar por sentada una definición bíblica de homosexualidad. Es tener relaciones sexuales mujeres con mujeres y hombres con hombres, y son catalogadas de abominación, hechos vergonzosos, actuar contra naturaleza, extravío.

 

Para algunos cristianos la cuestión no es de esta forma. Se diría que en su estimación sobre la Biblia dejan al margen la inspiración del Espíritu Santo (a tenor de sus alegatos), atribuyendo su contenido a las necesidades culturales, políticas y religiosas de la época.

De esta forma (si fuera cierta), la homosexualidad estaría poco definida en la Palabra, no siendo un hecho relevante en la vida cristiana. Veamos algún ejemplo:

Para Walter Wink[8] la cuestión está clara en cuanto que la Biblia no tiene ética sexual. No hay ética sexual bíblica. En cambio, presenta un surtido de costumbres sexuales, algunas de las cuales cambiaron a través del milenio de historia bíblica. Las costumbres son prácticas irreflexivas aceptadas por una comunidad dada. Muchas de las prácticas que la Biblia prohíbe, nosotros las permitimos, y a la inversa, muchas de las prácticas  que la Biblia permite, nosotros las prohibimos. La Biblia conoce solamente una ética del amor, la cual constantemente se aplica sobre cualquier costumbre social que domine en cualquier país, o cultura, o período dados.[9]

Para el mismo autor y por las mismas causas culturales (repoblación de un país, marginación cultural de la mujer,... con respecto al Antiguo Testamento; y el desconocimiento del apóstol Pablo sobre los conceptos actuales de la vida natural, en el Nuevo Testamento) los textos bíblicos que hablan sobre la homosexualidad no son válidos para poder ver una postura definida en el pensamiento y propósito de Dios con respecto a la homosexualidad.

De la misma forma, aquellos que sostienen que la Palabra no se pronuncia contra la homosexualidad, tal y como hoy se da en nuestra sociedad, al no verla suficientemente documentada al respecto, echan mano de episodios históricos en los que el cristianismo se dividió en opiniones y actitudes.

Es el caso de la esclavitud, muy usado para respaldar este tipo de comentarios: Cuando queremos construir una pastoral hacia las personas de orientación homosexual debemos traer a la memoria las agrias polémicas en el siglo pasado entre aquellos cristianos que querían abolir la esclavitud y aquellos que utilizando la Biblia sostenían ese sistema como inspirado por Dios. Esta actitud se prolongó aún en nuestro siglo con aquellos cristianos que justificaban la separación racial en Sudáfrica. De la misma forma en que aquella cuestión se transformó en una división de aguas confesional hoy aparece el controvertido tema de la orientación sexual como tema que define la identidad de la iglesia misma y de su práctica pastoral.[10]

Es como, si de repente, estos cristianos hubieran perdido la noción básica de nuestro existir. La Escritura es inspirada por el Espíritu Santo, pero a ellos “se les olvidó”. Las cuestiones culturales no son otra cosa sino eso mismo, cultura; nada tienen que ver con el amor de Dios al ser humano. El hombre es social y así se desenvuelve. Dios crea todo lo existente con el firme propósito de proveer al hombre de gloria, honra, felicidad, paz,... El pecado del hombre trae maldición a la tierra. Dios suministra salvación al hombre en un costosísimo proceso con la sangre derramada, en la cruz del Calvario, de su Hijo. Así, nuestra vida en la tierra no es la meta, sino que la Palabra define que aquí somos peregrinos y extranjeros. En esto es innegablemente claro (aunque algunos pretendan restarle sabiduría a quien Dios se la dio porque Él lo quiso) el apóstol Pablo cuando dice: nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. (Filipenses 3: 20 – 21).

La dimensión que adquiere nuestra vida en el Señor es inmensa cuando nos encontramos aquí, en esta vida terrenal, como peregrinos; teniendo la esperanza en la resurrección y en la vida que Dios nos tiene preparada a los que le amamos. El propio Pablo afirma: Si como hombre batallé en Éfeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos. No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Velad debidamente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo.

(1 Corintios 15: 33 – 34)

De esta manera, nuestra conducta y manera de vivir en esta vida con todas nuestras tendencias y problemas es muy importante. Pedro nos dice: Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras. (1 Pedro 2: 11 – 12).

Los que rechazan las enseñanzas bíblicas haciendo alusión a cuestiones de controversia social o cultural, niegan la efectividad de la obra de Jesucristo, dándoles ellos más importancia a la vida terrenal que a la celestial.

Luego no se trata de nuestro deseo, sino de la Voluntad de Dios, agradable y perfecta. Quienes quieran ver en la esclavitud un medio para dominar a otros y obligarles a realizar los trabajos pesados, sin opción a un desarrollo pleno en sus vidas, van a tratar de imponerlo con la Palabra de Dios, con un manual de informática, el cuento de “Caperucita Roja” o con cualquier medio que se les ponga por delante. Y, del mismo modo, aquellos que quieran “sacar”, expulsar de la Biblia contenidos, que de hecho están en ella, porque a ellos les parezcan fuera de sus propios conceptos sobre la justicia o la libertad, lo harán con la mayor lógica que puedan.

Dios ha revelado en su Palabra su pensamiento, su poder, su propósito, etc. Aquel que en humildad y agradecimiento, amando a Dios y lo que es de Él, quiere obedecerle en decisión personal, lo hará así por la acción del Espíritu Santo en nosotros, en la obra redentora de Jesús, conforme la voluntad del Padre. Quien, al contrario, lo quiera rechazar, buscará todo tipo de aportaciones para no obedecer. Y lo hará con la intención de aminorar el enorme peso que el rechazo de la voluntad de Dios conlleva.

En este breve estudio elijo tomar la vía que en plena convicción presento: la Biblia es, en su totalidad, la Palabra de Dios. Partiendo de esta base (y sabiendo que la Biblia se interpreta a sí misma, de manera que ningún texto puede salir de su contexto; sin ninguna pretensión personal, sino la aceptación con sencillez de lo revelado por el Espíritu de Dios a la humanidad) prosigo este pequeño ensayo con el deseo de ser de bendición a quien lo pueda leer.

Por tanto, dando toda veracidad y autoridad a la Palabra de Dios, y situándola donde le corresponde, propongo adentrarnos en ella, atentos a sus enseñanzas, para vislumbrar acerca del tema que nos ocupa.

 

1.      Dios desaprueba la homosexualidad:

 

Resaltemos el texto referido ya en  Romanos 1: 21 – 27: Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.

Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.

El apóstol Pablo enfrenta la homosexualidad (y otros pecados de carácter parecidos) como una consecuencia de dejar el hombre a Dios y encenderse en su egoísmo, orgullo, envanecimiento, injusticia humana, para llegar a la lascivia; tratar de crecer experimentalmente  para llenar el vacío interior del hombre por la ausencia de Dios, cometiendo hechos vergonzosos.

Es muy llamativo la indicación hacia la que apunta Pablo. Conocer a Dios lo pone al alcance del ser humano sin barreras culturales, sociales, territoriales, sino que generaliza.

No se está refiriendo a los judíos concretamente, receptores de la Ley y como pueblo escogido para testimonio a las naciones, de donde saldría la salvación de toda la humanidad.

En este caso Pablo abre la puerta de la manifestación de Dios al ser humano en una particularidad espléndida y gozosa, de la que todos disfrutamos, justos e injustos. Los tres versículos anteriores a los escritos más arriba dicen: Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. (Romanos 1: 18 – 20).

Pablo presenta a Dios, no como el que se oculta, el que no se manifiesta a la humanidad, sino todo lo contrario: lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. El problema reside en el ser humano en su elección.

El eterno poder de Dios y su deidad, invisibles a los ojos, se pueden intuir, vislumbrar, aceptar y agradecer por medio de las cosas creadas.

Uno de los testimonios de Dios a la humanidad es la propia conciencia que el mismo Dios da al hombre. Romanos 2: 14 – 16 muestra lo siguiente: Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

Luego no sólo la creación, sino la conciencia humana, son elementos otorgados para conocer a Dios hasta donde Él se ha manifestado al ser humano que carece de la Ley o, en el tiempo de la gracia, no han tenido un encuentro personal con Cristo.

Así se cumple la Palabra cuando el apóstol dice: de modo que no tienen excusa. No la tiene todo aquél que da la espalda a Dios en desobediencia y cambiándolo -a Dios incorruptible-, por ídolos, egoísmo, satisfacciones personales a costa de daños, ansia de poder, etc. Tanto que el ser humano cae en lo vergonzoso, la inmoralidad contra el propio cuerpo, entre esto está de forma explícita la homosexualidad.

Detrás de la referencia a los pecados sexuales se mencionan otros. Pablo quiere dejar claros una especie de pasos en la decadencia del hombre, siendo muy temprana, en esta cadena, la homosexualidad.

La conclusión final del capítulo uno y el versículo 1 del 2, tras toda esta decadencia en cadena es: que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican. Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.

 

Pablo enfatiza en Romanos 1: 26 – 27 que la homosexualidad, así como la intimidad sexual fuera del matrimonio, desagradan a Dios. Como otros pecados que enumera en Romanos 1: 28 – 31, éste ofende la ley de Dios (Levítico 18: 22; 20: 13), distorsiona el buen regalo de la intimidad marital que Dios creó para la procreación y el gozo en el matrimonio heterosexual (Génesis 2: 24; Proverbios 5: 15 – 19; Mateo 19: 4 – 6; 1 Timoteo 4: 3 – 5).

Cuando Pablo escribió Romanos veía que algunos homosexuales obedecían la fe cristiana (vea 1 Corintios 6: 9 – 11). La homosexualidad, así como el pecado sexual premarital o extramarital, no es imperdonable. La fuerza dadora de vida que resucitó a Cristo puede dar poder a las víctimas de la esclavitud homosexual y heterosexual para romper las cadenas de pecado y vivir con pureza que honre a Dios (Romanos 8: 11).

La tendencia moderna de aprobar la homosexualidad niega la creación de Dios, su ley y el poder mediador de la cruz de Cristo para debilitar el poder del pecado.[11]

Algunos convertidos arrastraban en su vida nueva cuestiones del viejo hombre, también existía la homosexualidad en algunos que venían al Evangelio en tiempos del Nuevo Testamento.

Lo vemos con la misma palabra en griego ajrsenokoivth" (arsenokoites), en 1 Timoteo 1: 10 (en este texto traducido como sodomitas), cuyo sentido es el mismo: uno que se echa con varones. También en 1 Corintios 6: 9 con el término malakov" (malacos). En este caso se habla de personas afeminadas. Una traducción es fino, suave, incluyendo también a alguien afeminado.

Pablo, en su carta a los Romanos, hace una exposición progresiva, tocando los puntos más cruciales y pragmáticos de la vida del cristiano, con todos los problemas que se puede encontrar, e incluso los que puede traer a su nueva vida en Cristo, procedente de su viejo hombre antes de su conversión. En esta dirección deja claro el perdón de Dios.

Aunque Pablo lo expone en el tiempo de la gracia, cuando Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte, Dios lo desecha anteriormente en su pueblo Israel. Los pecados sexuales son muy antiguos y Dios es firme con ellos.

En Israel, Dios sabe que los pueblos que van a echar de la tierra prometida practican la prostitución como culto a los dioses, tanto con rameras como con hombres homosexuales. En Deuteronomio 23: 17 – 18 dice: No haya ramera de entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel. No traerás la paga de una ramera ni el precio de un perro a la casa de Jehová tu Dios por ningún voto; porque abomi-nación es a Jehová tu Dios tanto lo uno como lo otro.

La palabra perro en hebreo es bl,K, (kelev). En el contexto, más que perro cabría otro significado de kelev: hombre homosexual que se prostituía en culto religioso a los ídolos. En la Ley Dios prohíbe tanto la prostitución como las relaciones homosexuales. A la luz del texto leído.

 

También vemos, cuando llegan los dos ángeles a Sodoma, Lot los acoge en su casa. Cuando llega la noche, los varones de Sodoma, la Palabra quiere y se detiene en puntualizar que eran los varones de la ciudad (desde el más joven hasta el más viejo) los que rodearon la casa de Lot. Exigían que los ángeles venidos en forma de varones saliesen de la casa para conocerlos. El verbo "conocer" que aquí figura, en hebreo es [dy (ayin – dalet – yod), que se expone en qal imperfecto, y por tanto se puede traducir por conocer, saber de..., o bien, en el sentido que allí, conforme al contexto (os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad) significa: tener relaciones sexuales.

Una costumbre muy admitida y pública en las ciudades destruidas por Dios por estas prácticas tan deplorables de mantener relaciones homosexuales, entre otras depravaciones.

Otro lamentable suceso ocurrió en la ciudad de Gabaa, cuyos habitantes eran de la tribu de Benjamín. Un viejo acoge a un levita y a su concubina para pasar la noche, pero los varones de la ciudad rodean la casa del viejo y piden que saque al hombre para mantener relaciones homosexuales con él. La historia de Jueces 19 es de gran violencia. Algunos se empeñan en ver aquí una forma de privar al extranjero de su masculinidad y, por tanto, humillarle. No obstante, tanto el relato de Génesis como el Jueces son recogidos en la Palabra por  sus dimensiones pecaminosas y sus enormes consecuencias. Sodoma fue destruida por su maldad. El segundo episodio provocó una enorme guerra fraticida entre Israel y la tribu de Benjamín.

No parece haber en la época una costumbre así, a la luz de lo que los casos referidos provocaron en el tiempo en que se dieron. En ambos casos todo un pueblo se juntó para hacer una maldad, en la noche, teniendo el sexo como protagonista, pero de inclinación clara homosexual.

 

Pero bien es cierto que el problema actual de la homosexualidad es más complejo del presentado en los tiempos bíblicos. No podemos olvidar que lo que origina este escueto escrito es la Ley de reforma al Código Civil español por el que se admite legalmente el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. Esto era impensable en épocas pasadas, no solamente las bíblicas.

En los tiempos del Nuevo Testamento y dentro de Israel, tener esposa era señal de continuidad en el linaje familiar a través de los hijos. Era muy extraño encontrar a un varón del pueblo judío no casado con su esposa; incluso los hijos son tomados como bendición de Dios.

No obstante, en tiempos antiguos y en otras culturas diferentes a la judía, aún manteniendo las relaciones normales y propias del matrimonio, estaba muy extendido, en cultos religiosos a ídolos, orgías,... entrar en depravaciones sexuales, incluida la homosexualidad.

En el texto de 1 Corintios 6: 9 se ve un sector de población que podría encuadrar en la sociedad actual en cuanto a homosexualidad. En griego se usa, como anteriormente se trató, malakov" (malacos) para mencionar algo fino, suave, pero también a alguien afeminado. Y después, como vimos, ajrsenokoivth" (arsenokoites): los que se echan con varones. Pero en este contexto de cultura griega como era Corinto, no estaríamos hablando de una práctica esporádica, sino continua o como forma de vida. En esto sí es posible establecer un acercamiento con el planteamiento social de hoy.

En nuestros días, aún existiendo todo tipo de combinaciones, en cuanto a aberraciones sexuales se refiere, y aún viendo paralelos bíblicos como el anterior, el tema que nos ocupa tiene connotaciones muy particulares, cultural y pragmáticamente. Pues estudiamos aquí el matrimonios entre homosexuales, formados por personas con cualidades muy concretas.

En todo lo analizado, hasta lo visto, no podemos admitir las posturas que la sociedad actual pretende y tener una conciencia clara y en paz delante de Dios; sino muy al contrario, la homosexualidad es aberrante para el Creador de la humanidad y todo cuanto existe. Pero sigamos analizando.

 

Hoy, la condición sexual de la persona es una opción respetable. Por lo tanto mueve su voluntad en este sentido, unirse de por vida a una persona de su mismo sexo por “enamoramiento”.

En ningún caso el ser humano está preparado para mover su voluntad por sentimientos. Este es el error que muchas personas cometen montones de veces a lo largo del día, sin reparar en el propósito de Dios para su propia vida.

De entre todas las cualidades y elementos que Dios ha dado al hombre, existe uno que es muy especial, por ser de uso exclusivo de la propia persona, la voluntad.

Ésta funciona a modo de interruptor, abre el circuito o lo cierra, “sí” o “no”. Imaginemos un circuito eléctrico de nuestra casa instalado para proveer de luz nuestra cocina. Cerca de la puerta está el interruptor cuya misión es encender la luz o apagarla. Este interruptor separará un cable de otro, de forma que abre el circuito impidiendo la conducción eléctrica y la luz estará apagada. En el preciso momento en que cambiamos el interruptor de posición, los cables se ponen en contacto, cerrando el circuito y haciendo que llegue la electricidad prefijada al aparato de iluminación instalado en nuestra cocina y... se enciende.

Así es nuestra voluntad, decimos “sí” o “no”; no existe un punto medio, aunque a veces nos las ingeniamos para que lo haya y quedar impune de las consecuencias de decisiones tomadas, pero esto será en apariencia, pues Dios, que mira los corazones, ve lo que exactamente decidimos e hicimos.

En la Palabra vemos que desde el principio fue así. Dios da mandatos muy generales justo después de la creación del ser humano. Las decisiones que el hombre y la mujer tomaron con respecto a los mandatos de Dios, aún repercutiendo en los sentimientos, no se basaron en ellos sino en el conocimiento.

En el relato sobre el pecado de Eva y Adán podemos resaltar lo que movió la voluntad de ellos a desobedecer a Dios.

A la mujer no se le “apeteció” comer del árbol de la ciencia del bien y del mal hasta que la serpiente distorsiona las Palabras de Dios. Es en ese momento cuando los sentidos de la mujer avanzan para codiciar el fruto del árbol. Sin embargo, en una mirada más atenta al texto, se hace muy patente que lo codiciable del árbol era la aportación que éste les iba a dar, bajo el “nuevo conocimiento” proporcionado por la serpiente.

 Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.

 (Génesis 3: 1 – 6).

Me he permitido subrayar los sentidos despertados por la serpiente en la mujer, cuando Eva nunca reparó en el árbol y su aportación anteriormente. Es evidente que la mujer movió su voluntad en base a sus sentidos o sentimientos que ahora le inspiraba el árbol. Atrás quedó el conocimiento que Dios le da con respecto a la acción de comer del árbol: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. (Génesis 2: 16 – 17)

Existe un cambio profundo de la mujer en su actitud frente al árbol de la ciencia del bien y del mal. El cambio es de su voluntad y viene por el conocimiento que la serpiente le aporta, que despierta en la mujer un sentimiento hacia al árbol que antes no tenía. La información dada por Dios le era suficiente: porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. La nueva visión incluía: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.

La Palabra nos dice que esta nueva manera de concebir al árbol, hace desear comer, recrearse en su vista y codiciarlo. Sentimientos que conducen a la mujer hasta elegir desobedecer a Dios.

 

La voluntad tiene una gran importancia en todos los asuntos de nuestra vida y debemos tener claro que en ningún caso está preparada para ser movida por los sentimientos sino por el conocimiento, que a su vez viene del Espíritu de Dios a través de nuestro espíritu. Romanos 8: 16 dice que el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. El testimonio dado por el Espíritu de Dios pasa a nuestro conocimiento en sabiduría e inteligencia espiritual (Colosenses 1: 9 – 14). Así nos movemos, hacemos, damos pasos en nuestra voluntad para tomar decisiones conforme a Dios, y llevamos fruto en toda buena obra y crecemos en el conocimiento de Dios.

Pero cuando la voluntad es movida por “el me apetece o no me apetece”, “me gusta o no me gusta”, etc., vamos faltos de sabiduría, perdidos, sin rumbo definido, en consonancia total con la vida de hoy, “viviendo al día”.

Por tanto, no puedo admitir, según la Escritura, que la homosexualidad sea una opción personal adecuada. Y tanto más, en una concepción coherente basada y establecida en el conocimiento bíblico, conforme al Espíritu de Dios.

Basar el matrimonio de homosexuales en la opción sexual de cada cual, es anti-bíblico.

 

Tras todo lo expuesto, podemos concluir diciendo que las prácticas homosexuales eran y son aberración para Dios, pero muy preciadas, desde el punto de vista de la maldad y la lascivia, ya desde la antigüedad.

 

 

 

2.      La homosexualidad no es un pecado imperdonable

 

Que la homosexualidad es un pecado es un asunto muy claro en la Palabra de Dios.

Actualmente no es bien visto el término pecado, pero tampoco lo es correctamente entendido.

La Biblia dice que al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado. (Santiago 4: 17). Aquí valoraremos para una fácil conclusión del versículo dos palabra: bueno y pecado.

En griego, el vocablo kalov" (kalos) es muy usado en el Nuevo Testamento (101 veces). Traducido como bueno-a, buen, bien, hace referencia a aquello que es de calidad y produce verdadera bondad y beneficio pleno en sí mismo y hacia fuera.

El concepto de bueno puede resultar diluido si tomamos referencias erróneas. Para dos personas, en sus valores personales, puede existir una definición diferente de un mismo asunto vivido y explicado por ambas.

Esta falta de precisión en los términos obedece al pensamiento que hoy más prevalece en la sociedad: la cultura del “todo es respetable si no daña a los demás”.

Con esta concepción se presentan muchas personas evidenciando su bondad.

Pero no es cierta esta teoría generalizada. Existen multitud de formas, actitudes, acciones que no dañan a los demás y no son buenas. El bien no lo determina la mayoría (existen actitudes deplorables de un colectivo concreto, como la discriminación o el racismo). Tampoco podemos encontrarlo en las leyes de un país, sujetas a innumerables mutaciones ante injusticias y pillerías.

Para muchos, lo que da veracidad y garantía de bondad a un asunto es su demostración empírica. Es el procedimiento científico. “Si lo dice la televisión o los científicos es verdad y es bueno, pues ellos lo han contrastado, experimentado, corroborado,...”. Los que así piensan no se dan cuenta que los logros de la ciencia dependen de la economía y están sujetos a los mismos cambios que cualquier otra cosa: leyes, modas, pensamiento de generaciones, etc. Lo que hoy se toma como cierto y bueno empíricamente, mañana puede descubrirse otra cosa o experiencia que lo hace malo para el ojo humano.

Lo único que no cambia y siempre es actual es la Palabra de Dios. El legado de Dios al ser humano, su Voluntad y amor no están sujetos a mudanzas, experimentos y tiempos. La definición de bueno está bien determinada en la Palabra. Por tanto, bueno es aquello que se ajusta al propósito de Dios y que es acorde con la Palabra de Dios. Ojo a lo que hemos dicho. No hablo de aquello que un hombre o una mujer quieren ver o entienden en la Palabra, sino lo que sale de la boca de Dios.

Los intereses personales hacen que interpretemos la Palabra a conveniencia. Esto no va a determinar lo bueno, sino lo que realmente Dios ha dicho.

Así llegamos al concepto de pecado. Y es que no hacer lo bueno, la Voluntad de Dios para una persona, es pecado.

Por tanto, pecado es desobedecer a Dios.

Si Dios desaprueba la homosexualidad, como vimos, practicarla es pecado.

 

Pero el pecado no es el final de la vida de una persona, sino que el pecador arrepentido, en su aceptación de Jesucristo y dejando su antigua manera de vivir, con todas sus consecuencias, es justificado por la fe, conforme a Romanos 5: 1: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

Los pecados sexuales son muy llamativos y dejan mal sentir en aquellos que lo sufren. El poder del pecado se hace fuerte en aquellos que han de abandonar prácticas de años de evolución, fruto de una conciencia cauterizada. Por esto, la lucha es muy fuerte y requiere la ayuda, el amor y la disponibilidad de los hermanos en Cristo cercanos a quien elige obedecer a Dios.

Sin embargo, conforme a la Palabra, el pecado no tiene señorío sobre nosotros porque: nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (Romanos 6: 6).

 

Elwell[12] y Yarbrough[13], en su libro mencionado antes, escriben con respecto a este tema: Está mal, por supuesto, señalar a los homosexuales como peores pecadores que otros. Sin suavizar el duro veredicto que la Biblia nos da para el pecado, tanto homosexual como heterosexual, se debe proclamar con el verdadero mensaje con acciones misericordiosas el perdón divino y el más amplio espectro de fidelidad moral hacia un Dios bondadoso y humanitario.[14]

 

La realidad humana pasa por la necesidad de ser perdonado en aquello que hace mal y perdonar todo lo que recibe como perjudicial para su desarrollo y plenitud personales.

La Palabra revela que Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. (1 Juan 1: 5 – 10).

Nos enseña a desvelar, delante de Dios y (si es necesario) delante de los demás, nuestras faltas para con nosotros mismos, Dios y las personas a quienes ofendemos. Toda desobediencia a Dios es pecado. Todos hemos pecado (por ello murió Cristo, para darnos salvación en lo que era imposible para nosotros, debido a la tendencia existente en el ser humano a pecar –Romanos 7-). Todos necesitamos ser perdonados. El perdón sólo es posible a través de Cristo.

También revela la Escritura que no todos los pecados son iguales:

Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte. (1 Juan 5: 16 – 17).

¿A qué se refiere el apóstol con pecado de muerte y pecado no de muerte? Podemos entender que el pecado de muerte es aquel que anida de una forma estable en la persona, insuperable, que no puede ser perdonado. Mientras que el pecado de no muerte es aquel en el que se incurre, pero se supera, puede llegar a ser perdonado con una actitud adecuada, de reconocimiento, confesión y humildad.

La propia Palabra nos saca da dudas cuando descubrimos el pecado imperdonable. Jesús dijo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. (Mateo 12: 31).

El contexto en el que este pasaje se desarrolla, nos presenta una situación muy concreta. Jesús sana a un hombre endemoniado, ciego y mudo. La gente se cuestiona sobre Él, pero los fariseos atribuyen el milagro a Beelzebú, príncipe de los demonios. Es ésta la maldad que es referida como blasfemia contra el Espíritu Santo.

La actuación del Espíritu de Dios es determinante en la humanidad en el tiempo presente. Lo que de Dios viene al ser humano, está planeado en la voluntad amorosa y misericordiosa del Padre; ha sido posible por la obra redentora y de amor del Hijo; y llega a nosotros por el poder y la unción concreta del Espíritu Santo en cada persona en particular.

Esta forma de operar Dios es palpable en la Palabra frente a la creación, el plan de salvación, etc.

A modo de ejemplo, y sin pretender externos demasiado en este punto, leemos Génesis 1: 3 el primer día de creación. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

En el relato del resto de la creación se puede observar el mismo modo de actuar de Dios: 1- “dijo Dios”; 2-el enunciado de lo que va a crear; 3- “y fue...” como resultado de una acción concreta de Dios.

Más adelante leemos en el Salmo 33: 6 – 7 que por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca. El junta como montón las aguas del mar; el pone en depósitos los abismos. En Colosenses 1: 16, es revelado a Jesús como Creador, viniendo a desvelar el texto señalado de Salmos en el que conocemos que el Verbo de Dios y el Espíritu de Dios son Creadores: Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. También Job 33: 4 coloca al Espíritu Santo como Creador.

Así, podemos ver, en los puntos del uno al tres resaltados en el texto de la creación en Génesis 1, que la actuación de Dios sigue la pauta: 1- Dios el Padre establece un plan en su infinita sabiduría y poder (en este caso con respecto a lo que va a crear); 2- Dios el Verbo hace posible, a través de Él, por medio de Él, la concreción del plan del Padre; 3- y Dios el Espíritu Santo lo realiza directamente sobre “el terreno”, de manera directa, manifestado en el caso que vemos con las palabras: e hizo Dios..., y fue así,...

Lo mismo podríamos decir del plan de salvación y la acción directa de Dios en el ser humano. En este sentido podemos contemplar el libro de Hechos como la acción estable y fiel del Espíritu Santo en la iglesia y en el creyente.

Luego, la persona de Dios (que nadie se confunda pensando en tres dioses, sino un único Dios, manifestado en la Palabra de Dios en tres personas, con mente, voluntad y sentimientos propios de cada una de las tres personas)  que está todavía ejerciendo su poder, trayendo a la vida de cada hombre y mujer la salvación (personalizada para cada cual), ungiendo y repartiendo dones,... es el Espíritu Santo.

No es así extraño ver que la blasfemia, el pecado, el rechazo del Espíritu Santo no pueda ser perdonado. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber. (Juan 16: 13 – 15). Al cortar la comunicación abierta por Dios con el ser humano -a través de Jesucristo y ejercida de forma directa por el Espíritu Santo, en la misericordia del Padre-, quedamos sin el testimonio de Dios. Podemos ser muy religiosos, aparentar toda la piedad que podamos, que si interrumpimos la acción de Dios sobre nuestra vida, no nos queda nada, permaneceremos en absoluto engaño y nuestra vida quedará en tinieblas.

Por este motivo no puede ser perdonado el pecado contra el Espíritu Santo, porque no es posible que llegue, de esa forma, la misericordia y el poder restaurador de Dios a la vida de quien rompe este nexo con Dios. Por así decirlo es definitiva la ruptura de aquel que rechaza voluntaria y conscientemente al Espíritu Santo y su preciosa obra concreta en su vida, con Dios.

...y para este pecado, por desgracia, no puede haber perdón, puesto que el esta mental del cual, el pecado es el resultado, no admite ni la posibilidad de arrepentimiento, porque su esencia consiste en esto: llamar satánico a lo que es el mismo objeto de arrepentimiento.[15]

Pero no se peca contra el Espíritu Santo en medio de las dudas, de los problemas de la vida, las luchas del cristiano, pues no se rechaza a Dios.

La propia carta que nos ha hecho entrar en esta última meditación, nos da las claves de la restauración en Dios. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (1 Juan 2: 1).

El Salmo 51: 17 dice: Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.

En el texto a que hacíamos referencia, 1 Juan 1: 9, leemos: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

La confesión de nuestros pecados es de suma importancia. Como tantas doctrinas bíblicas, el ser humano se ha encargado de desvirtuar la confesión bajo una visión de “penitencia”, “penar” por los pecados cometidos.

La confesión es posterior a reconocer el pecado y al arrepentimiento. Este último término es el confundido en la historia.

Arrepentimiento es un vocablo muy usado en la Palabra. En griego es metanoia, que significa cambiar la mente o el propósito.

En Mateo 3: 1 – 2, vemos a Juan el Bautista exhortando al pueblo a arrepentirse. Su proclamación es: arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.

En este texto, la Vulgata latina de S. Jerónimo (345 – 419 dC.) traduce metanoeo (el verbo) por penitentiam agite (hacer penitencia)[16]. Donde Penitencia viene del latín poena, que significa pena. Así penitencia es imprimirse una pena por los pecados cometidos.

En un principio, la pena era pública, después privada. Todo ello se materializó en una obligación cristiana, al menos una vez al año, en el Concilio de Letrán IV, en el año 1.215. Y corroborado en 1.551 en el Concilio de Trento como de absoluta necesidad para el perdón de los pecados.

La penitencia o confesión auricular con un sacerdote católico-romano, aparece como sacramento en una lista confeccionada por Pedro Lombardo hacia el año 1.142, en el último libro de la obra titulada: “Cuatro libros de sentencias”.

Cuando la Palabra nos habla de confesar nuestros pecados no está hablando del sacramento católico-romano de la penitencia. Éste es una desvirtuación progresiva a lo largo de la historia, que llega a una obligación fuera de la Palabra de Dios, por imposición humana y que muchos problemas ha dado en la historia del catolicismo-romano.

La Palabra habla en términos ajustados al pensamiento y la mente de Dios. Confesar es la acción de reconocer el mal producido, la desobediencia; pasar así a un cambio en el proceder y en la manera de pensar con respecto a lo realizado; sacarlo a la luz para aminorar los efectos causados en otras personas (si es el caso) o delante de Dios (en los casos que así se requiera) o delante de ministerios para rectificación y restauración; llegar a perdonar y ser perdonado en una nueva visión en el poder de Dios.

La confesión no tiene sentido si no tratamos directamente con Dios en nuestro corazón con el deseo de agradarle y en plena conciencia de ser lleno de su poder para una verdadera transformación de vida.

Tanto, que cuando el homosexual se reconoce fuera de la voluntad de Dios y confía en Su poder, pidiendo perdón en arrepentimiento, Dios no desprecia un corazón arrepentido y humillado.

He podido ser testigo del poder de Dios en este problema (y en otros muchos). He visto de la forma que Dios actúa en la vida de un homosexual que se reconoce delante de Dios fuera de su voluntad y tiene firme propósito de reconducirse delante de Él conforme a Su voluntad. Puedo asegurar que en una hora el Señor transforma la vida de un creyente con problemas de este tipo. La actitud frente a Dios y la sinceridad, abandonándose en Él, sumado a la ayuda de personas en comprensión y en la dirección del Señor, fueron muy importantes en el caso que pude presenciar.

La homosexualidad no es peor pecado que otros y puede ser perdonado y restaurado.  

 

 

CAPÍTULO CUATRO

 

La respuesta a la homosexualidad

 

 

Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.           (Judas 24 – 25)

 

 

La Palabra de Dios da respuesta al ser humano en todas sus luchas y vivencias. No pretende condenar a la persona, como hemos visto, sino salvarla. En cambio, sí condena la acción que se levanta contra Dios, toda desobediencia.

Para que el ser humano pueda corregir  sus propios errores que le aportarán insatisfacciones, la Palabra de Dios proporciona todos los elementos para renovar nuestra vida.

Con el propósito de ordenar la respuesta que la Palabra de Dios da a la homosexualidad, a fin de una mejor comprensión, vamos a dividir este punto en dos apartados.

 

1.      ...y renovaos en el espíritu de vuestra mente...

 

La renovación espiritual es una constante en la Palabra. Aquello que procede de Dios para cada ser humano es nuevo. El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás de agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad! [1]

(Lamentaciones 3: 22 – 23).

La creación, a pesar de ser maldita la tierra por causa del pecado del  hombre (Génesis 3: 17), está basada en ecosistemas con la particularidad de renovarse constantemente. A modo de ejemplo, todos sabemos que el agua estancada se corrompe, la circulante se mantiene en niveles perfectos para su consumo, se renueva.

En la cita referida del libro de  Lamentaciones de Jeremías, se aprecia esta renovación. En el texto, en la traducción Dios Habla Hoy, habla de las bondades de Dios. El escrito de La Biblia, Nueva Versión Internacional, traduce compasión y bondades. En la traducción RV60 dice sus misericordias. El término hebreo que figura es µymij}r' (rajamym), que es cariño, ternura, compasión. Hace clara alusión al amor de Dios, a su misericordia, a su compasión, a su bondad para con nosotros.

Si Dios nos ofrece siempre maravillas y ternura nuevas, también nos pide entrar en ellas renovados nosotros.

Dentro de la renovación de lo que Dios nos da y la acción que Él nos demanda, recordamos, por ejemplo, el mandamiento nuevo de Jesús (Juan 13: 34 – 35); el vino nuevo predicado por el Señor, haciendo alusión al Evangelio, y los odres nuevos, con referencia al que acepta la obra de Cristo (Mateo 9: 16 – 17); el nuevo pacto hecho entre Dios y el ser humano, que se realiza en la sangre preciosa de Jesucristo (Mateo 26: 28; Marcos 14: 24; Lucas 22: 20; 1 Corintios 11: 25; 2 Corintios 3: 6; Hebreos 8: 8 – 13); el nuevo nacimiento (Juan 3: 3 – 21); el régimen nuevo del Espíritu frente al régimen viejo de la letra (Romanos 7: 6; 8: 1 – 4; Gálatas 4: 4 – 7); el nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 2: 24; Colosenses 3: 10); el camino nuevo y vivo que el Señor Jesús nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo (Hebreos 10: 19 – 20); etc.

De todo lo expuesto en este punto, entiendo de gran interés detenernos en Colosenses 3: 9 – 10. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.

La renovación es tratada aquí como parte indiscutible del nuevo hombre, con el que se da por hecho que el creyente se ha revestido.

Nos corresponde como receptores de la gracia que se nos da en Cristo, por la misericordia de Dios, ser hechos nuevos una y otra vez en nuestro hombre interior.

El apóstol Pablo revela por el Espíritu Santo que en el interior del creyente -aún en una apariencia externa de tribulación, de apuros, persecución y hasta de estar derribado-, impregnados de Dios mismo que en él, resplandece la luz de Dios para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4: 6 – 10).

Exteriormente nos vamos desgastando por el paso de los años, las distintas experiencias,... Pero en nuestro interior nos contagiamos de Aquel que nos mueve y levanta, nos ama e impulsa. El trato día a día con el Espíritu Santo hace que nuestra vida adquiera una dimensión muy alta, teniendo como base el conocimiento de Cristo y su obra, en la voluntad amorosa del Padre y la acción en poder del Espíritu de Dios. (2 Corintios 4: 16 – 18).

De manera que los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán. (Isaías 40: 31).

Además de lo expuesto, llama la atención, en el texto referido de la Carta del apóstol Pablo a los Colosenses, que el nuevo hombre se va renovando para el conocimiento pleno. Enlaza, así, estas dos ideas (renovación y conocimiento) tan importantes en el creyente.

Si no somos renovados día a día, envejecemos espiritualmente, con los inconvenientes que esto conlleva. Es decir, entramos en un declive decrépito con multitud de vertientes.

He podido comprobar que cuando lo desvirtuado y estático, sin la renovación en el Espíritu de Dios que las cosas de los hombres requieren en imperiosa necesidad, es a gran escala y da paso a grupos que se prolongan en la historia, se le llama institucionalismo. Es el ejemplo de las órdenes religiosas en la iglesia católica-romana.

También he sido testigo, a veces con estupor, que la huida del institucionalismo presentado en la iglesia católica-romana, se ha dado en un evolucionismo de carácter marcadamente humanista. Comunidades de Base en liberalismo social fuera de la Palabra de Dios, teología de la Liberación, etc.

En otros círculos cristianos se le llama estancamiento o privacidad de avance.

En ámbitos evangélicos, y viendo este mal en el ámbito del individuo frente a Dios, decimos que la persona “se enfría”.

Lo cierto es que se pierde visión espiritual. No se tiene la misma percepción de la realidad que al estar en pleno dinamismo en la voluntad de Dios.

Los demás molestan a quien entra en esta falta de renovación, y hay desagrado en el momento de realizar cualquier función eclesial. Difícilmente se reconocen errores, tratando de resaltar la maldad de otros para tapar o excusar las realizadas por la persona que no está en renovación.

El creyente sigue con su actividad dentro de la iglesia, incluso ora (aunque le cuesta más). No hablamos de alguien que abandona los caminos de Dios, sino que está en crisis. Ocurrió algo que le ha interrumpido su renovación espiritual, que es conforme al propósito de Dios para con nuestra vida.

Cuando se ha pasado por esta experiencia, el cristiano reconoce que estas crisis son necesarias. Pero han de enfocarse para de nuevo entrar en el propósito divino de pleno conocimiento de Dios en nuestra mente, renovada y perfecta, igual a la de Cristo (1 Corintios 2: 16).

Volviendo a nuestro enfoque sobre la homosexualidad y su trato en la Palabra, vemos ahora con claridad que no es de extrañar que en el encuentro personal con Dios a que todo hombre o mujer está llamado (1 Timoteo 2: 4) -sabiendo que llegar al pleno conocimiento de Dios es crucial en esta única experiencia-, el homosexual adquiera una nueva visión y manera de vivir. Abandonando su práctica homosexual y aceptando su valía en Cristo y su condición humana libre de pecado y, por tanto, heterosexual.

Dios quiere que todos nos encontremos con Él a un nivel de profunda intimidad. Nuestro espíritu se pone en contacto con el Espíritu de Dios por su bondad y misericordia.

Todas nuestras aficiones, pensamientos, vicios, orientaciones,... que son contrarias a Dios y su conocimiento son tratadas por el Espíritu Santo en su amor y afán de ordenar nuestros pasos y, limpios por la sangre de Cristo, entrar en Su presencia.

Como vimos en el capítulo anterior, la homosexualidad es contraria a la voluntad de Dios para el ser humano. Así, cuando una persona en condición homosexual viene a Dios, choca en este aspecto con el Creador. En un trato amoroso y bajo la dirección de ministros de Dios, la persona va siendo transformada en un avance, conforme al conocimiento que Dios le da.

El Señor, por el amor que nos tiene, y como colofón a su infinita obra de amor, entregando a Su Hijo único por nosotros, para entrar en su reposo, haciendo la paz con la humanidad que acepte este valiosísimo sacrificio, tiene enorme interés en que seamos renovados.

Esta renovación ha de ser continua, constante, sin interrupciones y a favor del cumplimiento del propósito de Dios en nuestra vida.

El Salmo 119: 9 – 10 dice: ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviarme de tus mandamientos.

Poniendo el máximo interés (con todo mi corazón te he buscado) en guardar la Palabra de Dios, confiemos en Dios en que Él no nos va a dejar desviarnos de sus mandamientos.

Se trata de aceptar la acción de Dios en nosotros, permitiéndole que nos transforme como Él quiera.

Todo pecado que traigamos delante de Dios con un corazón arrepentido, es perdonado por la sangre de Cristo.

La homosexualidad es transformada por Dios en el momento que le dejamos que Él actúe en nosotros.

Aquí, el conocimiento de Dios es fundamental para saber cuál es la buena voluntad de nuestro Dios y Padre.

 

2.      Alentar y dirigir

 

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña.

(Gálatas 6: 1 – 3).

La restauración es parte de la acción que Dios nos pide para con los pecadores.

En el punto visto, hemos determinado la actitud del creyente frente a su Señor. En este sentido hablamos de la acción del Espíritu Santo directa, personal e íntima en el seguidor de Cristo.

En este apartado que comienza, trataremos de analizar la responsabilidad y actitud de los creyentes que rodean a quien viene a la iglesia –y, por tanto, a Dios- con la homosexualidad como atadura.

La Palabra habla, en el texto escrito de Gálatas, a los espirituales, es decir, los que saben discernir entre lo bueno y lo malo, los que se conducen en el Espíritu. A ellos les encomienda la labor de restaurar en el Señor al que es sorprendido en alguna falta, al pecador.

La forma en que lo hace no es cualquiera, sino que tiene dos condiciones. Uno, con espíritu de mansedumbre. Dos, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.

Cuando una persona viene al Señor, lo hace con todo su corazón, si de verdad se encontró con Jesús. Pero también con muchas cosas antiguas que corresponden a una pasada manera de vivir.

Da igual si hablamos de un neófito o de un creyente maduro. Cuando un seguidor de Cristo entra en desobediencia a Dios, ha de ser limpiado, restaurado. Esta labor la hace Dios en la persona, e igualmente se vale también de los ministros que Jesucristo ha constituido.

En el campo que acabamos de exponer, entra también la  homosexualidad. Y, normalmente, no viene sola, sino que la persona en condición homosexual ha tenido otras experiencias y marcas en su vida que le hacen vulnerable espiritualmente y deben ser restauradas.

Valga el ejemplo que he podido ver en mi experiencia como pastor: el vínculo entre la homosexualidad y la drogadicción, la promiscuidad, las enfermedades venéreas, el SIDA, vacíos internos, vergüenza, temores, falta de identidad personal, inestabilidad psico-social y de empatía, traumas, rechazos, ser objeto de burlas,...

En ningún momento quiero colocar a la homosexualidad como el origen de todos estos males, sino que he podido comprobar la relación que el individuo inmerso en la homosexualidad tiene con una, o varias de estas cadenas que azotan a tantos y tantos seres humanos.

Entramos así en un terreno muy propio de la actividad cristiana, pero a veces tan olvidado: la cura de almas.

La visión de la iglesia como comunidad terapéutica no es común, pero sí real y bíblica.

Al acercarnos al ministerio de Jesús en la tierra, observamos un texto que podría resumirlo o, como mínimo, trazar pinceladas de su hermosísima acción con todo hombre y mujer. Es el pasaje de Lucas 4: 17 – 21.

Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.

 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

Es el trabajo de nuestro Dios la sanidad de las naciones y de todo ser humano. Está en su propósito sanar nuestro corazón y darnos libertad.

Dios desea, en su amor, quitar de cada ser humano aquello que lo esclaviza. El pecado es la peor esclavitud a la que ha sido sometida la humanidad. Se ha enseñoreado durante siglos de todos. Y todos le hemos servido hasta la libertad que Cristo nos dio (Romanos 6: 6; 8: 2; Colosenses 1: 13;...).

La homosexualidad, como desobediencia a Dios, esclaviza en sus redes con complejas consecuencias. Cristo nos liberta y nos da acceso a la presencia de Dios (Hebreos 10: 19 – 22). Ahora, corresponde a la iglesia la labor de alentar, dirigir, orientar, pastorear, alimentar, plantar, etc.

Además del Señor Jesús, la Palabra de Dios nos ofrece el ejemplo del apóstol Pablo como obra impresionante de la cura de almas. Leer Hechos 20: 17 – 35 y 1 Tesalonicenses 2: 1 – 16.

En el diccionario leemos al llegar a cura varios significados. Entre ellos es la acción de sanar las dolencias físicas y del alma hasta recobrar la salud. Pero en su origen, este término no tenía el sentido de completar la salud, sino el de cuidar. De hecho, una de las acepciones recogida en los diccionarios tiene que ver con tener cuidado, estar al lado de alguien con toda diligencia y disposición para llevarle adelante en sus dificultades.

Esta definición no se puede identificar con el éxito en el concepto social actual. No persigue como meta la sanidad sino el cuidado de alguien. Es así como se aprecia en la Palabra de Dios cuando habla del tema del cuidado de almas o cura de almas.

En el texto de Hechos 20, Pablo presenta su actividad entre los efesios en unos términos muy llamativos. Vemos que las palabras del apóstol no fueron tan sólo públicas, delante de todos, sino también por las casas, de forma privada y pausada. Amonestando con lágrimas a cada uno.

En el texto también referido, 1 Tesalonicenses 2, Pablo se destapa como pastor que hace bien su labor. Él mismo se compara con la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Como el padre con sus hijos, dedicado a cada uno en dar ánimo y consuelo, palabras de sabiduría divina. Destaca la ternura, el cariño, la solicitud, el desvelo, trabajar sin descanso, estar sumamente vigilantes con palabras y encargos para que los creyentes no se desvíen, sino que prosperen conforme a la voluntad firme y preciosa de Dios.

Nada de estas dos porciones bíblicas nos deja sin una enseñanza en la cura de almas.

El homosexual (pues este es el tema, pero sería aplicable a cualquier persona que llega a una iglesia con hambre de Dios y en necesidad de ser escuchada y ayudada) puede encontrar así la forma de entrar en el reposo de Dios, descansando de todo cuanto trae de carga e incomprensión, y reconciliado con Dios emprenderá su nueva vida en el Señor.

Aprender en el Señor a escuchar  a otros es fundamental. La persona con problemas de homosexualidad, necesita un ambiente propicio, de comprensión, sensible, en el que se pueda abrir con confianza. Por el contrario, en encuentro en el que se vea censurado, inferior, objeto de críticas, tenderá a cerrarse y huir con más daño aún del que traía.

Observar con detenimiento los consejos que se le dan, incluso las palabras que salen de nuestra boca en conversaciones coloquiales distendidas, en las que probablemente pongamos menos atención. Aconsejar no es fácil cuando se es responsable en el Señor. Requiere oración, oír la voz de Dios, ponerse en el lugar de la otra persona, sabiduría de Dios, cualidades espirituales y una posición en el Señor muy definida en autoridad en Cristo Jesús.

La visión que la persona con este problema tenga sobre la homosexualidad es muy importante para encauzar su vida. La homosexualidad es aberrante ante Dios y, por tanto, pecado. Hoy se tiende a llamarle elección, orientación o condición sexual. Estos términos tranquilizan a la persona en un engaño personal, puesto que cortan toda posibilidad de rectificación, dando por hecho que la persona es así y no se puede hacer nada. Otra idea muy extendida es que fuera del ámbito cristiano el homosexual es aceptado, teniendo presente que ésta es su condición; pero en una iglesia no se va a tolerar el comportamiento de la persona y se le hará la guerra. Ante esto, muchos deciden ocultar su pecado y temen que algún día salga. Necesitamos sabiduría de Dios y la acción del Espíritu Santo para que la persona vea y llame a la homosexualidad tal como es, pecado.

De ahí llegará, por el convencimiento que el Espíritu de Dios trae a cada uno, a arrepentimiento delante del Señor. Con amor tendremos que llevarlo a este punto, de importancia en cada persona que se acerca a Dios.

A partir de aquí, fortalecido en el Señor comienza una lucha para la persona que tiene que apartarse amistades antiguas, de ambientes, tentaciones, etc. En ocasiones la persona se siente sola, la iglesia deberá esforzarse por cubrir espiritualmente a la persona en oración y acercarse a ella en verdadero amor fraternal y amistad.

La nueva en Cristo es un camino asombroso y maravilloso, no exento de luchas, pero formidable. Tratemos que el que fue homosexual en su antigua forma de vivir lo disfrute al máximo.

Tenderá a rehacer su vida con rapidez, interesándose por el sexo opuesto de inmediato. Suelen ser personas que no soportan la soledad, pues esta idea les repela, al resonar en su mente que por su vida antigua no podrán desarrollarse igual que otros. En nuestros consejos es bueno incluir la calma y templanza. Llevemos a estos nuevos cristianos a oír la voz de Dios y no tomar decisiones precipitadas. No es conveniente que adquiera compromisos que luego le pesarán y menos en el terreno donde tuvo el problema, hasta que su vida espiritual sea fuerte y dispuesta a lo que venga.

Pero tengamos en cuenta que la iniciativa que la persona tenga para entrar en la voluntad de Dios es buena y es conveniente aprovecharla y potenciarla.

Todos podemos decir que fuimos algo en nuestra antigua manera de vivir. Por ejemplo, la Palabra menciona en Efesios 4: 28 a cristianos que antes de llegar a la iglesia robaban. Aquella persona que practicó la homosexualidad, al venir a Cristo cambia y tendrá este haber en su pasada manera de vida, en su viejo hombre, crucificado ya con el Señor en la cruz del Calvario (Romanos 6: 6).

Es un gozo enorme cuando una persona se convierte al Señor, siguiendo sus caminos en una nueva vida según Cristo Jesús. Tanto más cuando conocemos su trayectoria antigua y apreciamos el cambio experimentado en su vida. El trato de Dios con cada hombre y mujer es delicado y perfecto, llegando hasta el final, completando la obra iniciada en una persona, hasta la perfección (Filipenses 1: 6).

Por ello, aunque no veamos fruto alguno en aquellos a los que le predicamos -a pesar de apreciar la dureza de los que nos rodean y no conocen a Cristo, por enorme que pensemos que es el pecado que los ata, y cuando alguien que viene a Dios trae muchas cosas que se oponen a Su voluntad-, no nos cansemos de predicar y orar por los demás, ni desesperemos. Pues el trabajo hecho en el Señor y dentro de Su voluntad no es en vano, sino que estamos seguros que a su tiempo dará fruto (1 Corintios 15: 58).

A los cristianos actuales, no permitamos el pecado, sino batallemos contra la esclavitud con que el diablo nos quiere atar. Pero sí amemos al pecador, en este caso a los homosexuales, para ganarlos para Cristo en oración y cuanto Dios nos permita a cada uno, y así dejen las cosas que Dios aborrece y sean libres en Él.



[1] Cita tomada de La Biblia, Nueva Versión Internacional, Sociedad Bíblica de España. 2.005



[1] BOE 157, 2 de julio de 2005, página 23632.

[2] Ídem.

[3] ForoCristiano.iglesia.net. (6 de Julio de 2.004)

[4] Josh McDowell y Bob Hostetler. Manual para Consejos de Jóvenes. Editorial Mundo Hispano 2.000. Página 326.

[5] iglesia.net, noticias. Fuente: Ágape Press. 14 de Noviembre de 2.005

[6] D. P. Kingdon, M. A., B. D., Inter-Varsity Press, Leicester; anteriormente, the Irish Baptist College, Belfast. Participación en Nuevo Diccionario de Teología. Editado por Sinclair B. Ferguson, David F. Wright, J. I. Packer. Casa Bautista de Publicaciones. 1.992. Página 399.

[7] Estos espacios de televisión son seguidos por mucha juventud. El 5 de Octubre de 2.005, en las noticias ofrecidas por “Terra” se podía leer: El Consejo para Emisiones Televisivas y de Radio (RRTV) de la República Checa, órgano regulador dependiente del Parlamento, decidió sancionar con multas millonarias a dos cadenas privadas por sus “'reality shows”', al considerar que pueden ser perjudiciales para la juventud.

 

[8] Walter Wink es Profesor de Interpretación Bíblica en el Auburn Theological Seminary en la Ciudad de Nueva York. Con anterioridad fue pastor Metodista, estudió y enseñó en el Union Theological Seminary en Nueva York y es autor de diversas obras, entre ellas: “Homosexuality and Christian Faith. Questions of Conscience for the Churches” Fortress Press.Minneapolis. 1999

[9] Pastoral del SIDA. La homosexualidad y la Biblia.

[10] Pastoral del SIDA. Asignatura Pendiente.

[11] Walter A. Elwell y Robert W. Yarbrough. Al Encuentro del Nuevo Testamento. Editorial CARIBE 1.999. Página 279.

1 Walter A. Elwell (doctorado en la Universidad de Edimburgo) ha editado numerosas obras de referencia bíblica. Es profesor de estudios bíblicos y teológicos en el Wheaton College.

[13] Robert W. Yarbrough (doctorado en la Universidad de Aberdeen) es profesor adjunto de Nuevo Testamento en la Universidad Internacional Trinity y traductor de varias obras importantes.

[14] Walter A. Elwell y Robert W. Yarbrough. Al Encuentro del Nuevo Testamento. Editorial CARIBE 1.999. Página 279.

[15] Alfred Edersheim (1.825-1.889). La Vida y los Tiempos de Jesús el Mesías. Tomo 2. Editorial CLIE. 1.989. Página 139.

[16] C. O. Buchanan, M.A., St. John’s College, Nottingham; Aston, Birmingham. Colaborador en Nuevo Diccionario de Teología. Casa Bautista de Publicaciones, 1.992. Página 731.

 

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