Iglesia Evangélica
Comunidad Cristiana de Antequera
Te invitamos a estudiar
la Palabra de Dios con nosotros
En esta ocasión te presentamos tres capítulos del estudio: MATRIMONIO Y HOMOSEXUALIDAD. Próximamente facilitaremos nuevos capítulos.
MATRIMONIO Y HOMOSEXUALIDAD
Por Francisco José Moreno Postigo
Pastor de la Iglesia Evangélica, Comunidad Cristiana de Antequera
CAPÍTULO
UNO
Preliminar
y exposición de conceptos
...en los postreros días vendrán burladores, andando según sus
propias concupiscencias... (2
Pedro 3: 3)
Sinceramente no resulta fácil poner título a un estudio acerca de este tema tan particular.
La realidad social mundial ha cambiado en muchos aspectos. Nos encontramos en una época de globalización, alianzas y pactos entre naciones, enorme progreso de la comunicación y la información, grandes avances tecnológicos, migraciones de población, cambio climático, etc. Todo está en plena ebullición y transformación. Cada vez más nos damos cuenta de la necesidad que tenemos de ponernos al día en los diferentes campos de acción de nuestra vida. La importancia que alcanza estar informado nos hace entrar en un mundo de nuevas tecnologías con nombres que “se sientan a la mesa” en nuestros hogares como un miembro más de la familia: MP3, CD, DVD, Internet, 3G, USB, SMS, MMS, chat... A veces, los hijos conocen más a estas herramientas que a sus propios padres. Y, por su parte, éstos se afanan más y más en sus hijos con valores erróneos y deficiencias con resultados evidentes.
A modo de ejemplo, aunque pueda resultar una nimiedad en medio de una problemática social demasiado compleja, quiero mencionar un anuncio publicitario visto en España a finales de 2005. Es conocido que las agencias publicitarias se valen de las corrientes sociales para tratar de introducir los productos en el consumo cotidiano. Por ello, estimo que es un buen indicativo del pensamiento social lo que se ve en estas cortas historias que pretender hacer imprescindible lo que no lo es. En esta ocasión, un hijo de unos ocho años rechaza la ayuda de su padre que responde favorablemente para hacer deberes del colegio. El motivo de no aceptar que el padre le pueda resolver sus dudas es que el día anterior, éste no quiso comprar un teléfono móvil a buen precio y con las últimas tecnologías. Se da por supuesto que tal acción revela que el padre no sabe nada de nada y sus opiniones y aportación no es de fiar. Creo que sobran los comentarios ante esta aberración que alude a una sociedad de valores fuera de la Palabra de Dios.
Estar “a la última” en tecnología, motos, coches, deportes y otros puede ayudar en las relaciones sociales. Igualmente se llevan otra parte de la apertura de los entornos en que nos movemos, el dominio de las jergas, la forma de vestir, no mostrar cortedad ante vicios y conversaciones insanas,...
Nuestro tema no es analizar el tiempo de cambio tan intenso que estamos sufriendo. Pero se hace necesario, al menos, mencionarlo en este preliminar para una correcta ubicación del contenido a tratar.
Y sin lugar a dudas, precisamente uno de los grandes cambios acaecidos en nuestra sociedad es la visión y concepción de la homosexualidad.
Hoy ya se debe asumir una enorme novedad que supera la aceptación y normalidad de esta manera de vivir. Incluso sobrepasa la equiparación de derechos y obligaciones de las parejas homosexuales con respecto a las heterosexuales. En España es una realidad el matrimonio entre homosexuales, siendo el cuarto país del mundo en legislarlo. Y es de entender que no será el último en abrir esta posibilidad.
Desde que se establece la “Ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se
modifica el Código Civil en
materia de derecho en contraer matrimonio” (BOE núm.
157, de 02-07-2005, pp. 23632-23634), más de quinientas
parejas homosexuales se han acogido a este derecho para contraer matrimonio en
toda España hasta el 1 de diciembre de 2005.
La Ley comienza con una exposición de los fundamentos que ha
propiciado que la legislación contemple una modificación como ésta:
La relación y
convivencia de pareja, basada en el afecto, es expresión genuina de la
naturaleza humana y constituye cauce destacado para el desarrollo de la
personalidad, que nuestra Constitución establece como uno de los fundamentos
del orden político y la paz social. En consonancia
con ello, una manifestación señalada de esta relación, como es el matrimonio,
viene a ser recogida por la Constitución, en su artículo 32, y considerada, en
términos de nuestra jurisprudencia constitucional, como una institución
jurídica de relevancia social que permite realizar la vida en común de la
pareja.[1]
Y continúa haciendo un breve análisis de los antecedentes del Código
Civil español, situándolos en el francés de 1.804. Así establece como
prioridad el desarrollo de la personalidad del ciudadano en una sociedad que evoluciona en el modo de conformar y
reconocer los diversos modelos de convivencia [...] La convivencia como pareja
entre personas del mismo sexo basada en la afectividad ha sido objeto de
reconocimiento y aceptación social creciente, y ha superado arraigados
prejuicios y estigmatizaciones [...] En el contexto señalado, la ley permite
que el matrimonio sea celebrado entre personas
del mismo o distinto sexo, con plenitud e igualdad de derechos y obligaciones
cualquiera que sea su composición. En consecuencia, los efectos del matrimonio,
que se mantienen en su integridad respetando la configuración objetiva de la
institución, serán únicos en todos los ámbitos con independencia del sexo
de los
contrayentes; entre otros, tanto los referidos a derechos y prestaciones
sociales como la posibilidad de ser parte en procedimientos de adopción. [2]
Los fundamentos expuestos en ella contemplan el desarrollo personal, la
igualdad de derechos y una visión interpretativa sobre la evolución social en
la que los colectivos homosexuales se abren paso. Pero es evidente que la Ley
referida no establece criterios claros en cuanto a la naturaleza y expresión
del matrimonio, a la base de la homosexualidad, ni a los derechos del niño que
pudiera ser adoptado por una pareja formada por dos hombres o dos mujeres en la
aplicación de la reforma del Código Civil.
Ante este hecho y otros tantos, constituye un reto para la Iglesia
Evangélica desenvolverse en la sociedad con la Palabra de Dios en alto.
Y es que atravesamos tiempos donde circulan tantas formas de pensamiento
e información, que el cristiano se ha de decidir, con toda valentía, a
defender la Voluntad de Dios expresada en Su Palabra.
Como muestra de esta dificultad, aunque podríamos citar otras tantas, recojo un testimonio ocurrido en Suecia que puede situarnos con más precisión en los obstáculos que el cristiano tiene en la sociedad actual. Para nosotros es cercano el caso de un pastor evangélico sueco condenado a un mes de prisión por hablar públicamente contra la homosexualidad:
Según
informa la agencia Ecumenical News International, el Pastor Ake Green, miembro
del movimiento pentecostal, ha sido sentenciado a un mes de prisión por
describir la homosexualidad
como “anormal, un horrible tumor canceroso en el cuerpo de la sociedad”
durante un sermón en el que explicaba las claras enseñanzas evangélicas sobre
la homosexualidad, especialmente el pasaje paulino de I Corintios 6,9.
Como sus
palabras ofendieron a algunos homosexuales, Green fue acusado y sentenciado según
una ambigua ley contra la “incitación a la violencia”.
Soren
Andersson, presidente de la Federación Sueca para los derechos de homosexuales,
lesbianas, bisexuales y transgéneros, dijo estar
“completamente de acuerdo” con la decisión porque, según él, “la
libertad religiosa no debería utilizarse para ofender a las personas”.
Voceros
pentecostales han protestado la medida señalando que la pena de cárcel
establece “un grave precedente contra la libertad religiosa y la libertad de
expresión”; y señalaron que los numerosos líderes homosexuales que han
atacado ferozmente a las iglesias “nunca han recibido ninguna censura o
pena”.[3]
Por todo esto, me he propuesto, como cometido central de esta breve exposición, ver y ratificarme en los aspectos y principios bíblicos con respecto al matrimonio y la homosexualidad. En ningún caso pretendo entrar en un estudio sobre la vida matrimonial o la educación de los hijos. Más bien, mi intento va dirigido a tocar conciencias y corazones cristianos frente a una realidad social que nos alcanza. Situar la Palabra de Dios como pilar absoluto en autoridad legal, moral y de convivencia para todo ser humano, con independencia de su cultura, nacionalidad, creencia. Asentar, desde esta perspectiva, que la homosexualidad es contemplada en las Escrituras con todas sus consecuencias, siendo los casos actuales englobados por las definiciones y tratos de Dios con respecto al ser humano. Aceptar la visión bíblica de matrimonio hasta el punto de precisar nuestra postura conforme a esta visión.
Como inicio, partiremos de la base esencial en la que el principio del matrimonio es inalterable, con todo rigor y sabiendo, desde la Verdad bíblica que es usado en la relación de Cristo y la iglesia. Es por tanto que, desde aquí, ante la categoría en la que Dios establece el matrimonio, éste no puede ser usado en la dimensión que esta Ley, por la que se modifica el Código Civil español, pretende.
Algunos círculos políticos y religiosos han estimado llamar a esta
unión
de forma diferente. Así se quiere distinguir una institución tradicional (el
matrimonio), de una unión distante en esencia y contenido (el compromiso de
compartir una vida en la unidad íntima de dos personas del mismo sexo).
Entiendo que esta forma de preservar los valores sociales, culturales o
tradicionales podría ser, como mínimo, eficaz. Pero no se ve en ella un ámbito
de seriedad, consecuente con la sociedad y en un compromiso bíblico-cristiano y
de calidad, encaminado a ayudar y transformar al individuo inmerso en el
problema de la homosexualidad.
Además, es sabido que los colectivos defensores de la Ley por la se
modifica el Código Civil, no están por la labor de admitir en esta unión un
nuevo nombre distinto a “matrimonio”. Y es que, no solamente anhelan la
igualdad de derechos, sino que persiguen todo el contenido que este término
encierra. Pudiéndose ver que sin conocer la dimensión de este principio, y
menos al nivel de la perfecta Voluntad de Dios.
La Palabra no es ambigua en el tema de la homosexualidad, como veremos.
Algunos afectan este fenómeno a causas médicas, psíquicas o incluso patológicas,
con el firme propósito de ofrecer un equilibrio entre los que se ven obligados
a aceptar esta realidad y los que,
desde su concepto, no la admiten.
Pero no podemos hacernos una idea equívoca de la realidad social,
sobre todo en temas tan extendidos y condicionantes.
Las patologías que llevan a la producción alterada de hormonas
sexuales, alteraciones genéticas, hermafrodismo, trisomías en los genes que
comportan los caracteres sexuales del individuo, etc., son muy minoritarios y no
dejan de ser patologías, posibilitando enfermedades, no homosexuales en la
forma que se dan en la sociedad.
Estas enfermedades no se corresponden, ni en la mejor tentativa, a la
realidad social de la homosexualidad. Hablamos de un porcentaje ínfimo de
población con patologías que tengan que ver con alteraciones sexuales, frente
a un número creciente e importante de individuos que manifiestan su
“inclinación sexual” hacia personas del mismo sexo, sin las alteraciones
genéticas mencionadas. Además, es una injusticia aberrante asociar las
enfermedades descritas con el fenómeno homosexual. Aquellos que se planteen las
patologías como base para la homosexualidad, deberían reflexionar sobre las
personas verdaderamente afectadas por enfermedades lamentables ligadas a
factores genéticos y pensar que los problemas y formas de vida que les permiten
tener sus enfermedades, difieren mucho de la homosexualidad como se vive hoy en
la sociedad.
Para profundizar más en el tema, citamos a dos autores de prestigio
reconocido en las iglesias evangélicas:
La más reciente y ampliamente publicitada
sugerencia es que la homosexualidad tiene base genética. Stanton L. Jones,
director del Departamento de Sicología de la Universidad Wheathon, EE.UU. de A.
Escribe:
Las evidencias sugieren que los factores genéticos,
posiblemente operando por medio de diferencias cerebrales, pueden dar a algunos
un empujón en dirección de la homosexualidad.
Pero Jones no sugiere que los factores genéticos
hagan a alguien homosexual, ni que esos factores desdigan “el llamado moral de
Dios a nuestras vidas”. [4]
Es curioso observar los intentos que las personas tenemos para
eximirnos de responsabilidades en los actos que nosotros mismos hacemos. Desde
el huerto de Edén -donde el hombre (receptor del mandato de Dios que prohibía
comer del árbol de la ciencia del bien y del mal), después de desobedecer a
Dios, culpa a la mujer y también a Dios que se la dio a él, y la mujer a la
serpiente que vino a ella con engaño-, tratamos de no asumir las consecuencias
y la responsabilidad de nuestros errores. Y es que las declaraciones referidas
son dignas de tener en cuenta en este aspecto. Los estudios reflejados son
recientes y pueden dar luz a tratar pacientes con problemas, y por supuesto podrán
ser buenos; pero las conclusiones de Jones son el soporte necesario para que
muchas personas continúen haciendo lo que les place, sin que sus conciencias
les hable en contra de sus acciones. Realmente éste es el propósito humano
cuando no está dispuesto a claudicar en sus pensamientos para dar paso al propósito
de Dios y a su preciosa bondad. Constituye un acto de rebeldía contra Dios en
la forma en la que el ser humano una y otra vez incurre frente al Creador.
Lo que realmente dice la conclusión recogida en el libro de Josh McDowell y Bob Hostetler, es que algunos factores genéticos “pueden” –haciendo clara alusión a que no van a ser determinantes, pues no comportan patologías-, “dar a algunos un empujón hacia la homosexualidad”, no los hace homosexuales. La personalidad y la voluntad de la persona han de decidir hacia dónde se dirigirá a sí misma. Alguien podrá tener una tendencia, pero no por ello será un delincuente o un depravado. Existen factores internos en la persona que van a mezclarse con los externos para dar como resultado la complejidad del individuo y su proceder ante los retos de la sociedad y sus relaciones con ella. Por ello, se nos puede hablar de “pueden” y de “empujón”, pero no de eximir de responsabilidad o de caer en procesos inevitables. La homosexualidad no obedece a factores genéticos ni patológicos, sino a causas de comportamiento complejas a las que Dios puede llegar y transformar.
Para ilustrar este
estudio en las definiciones que se van exponiendo, recojo una noticia presentada
con un testimonio de transformación de vida en el Señor muy interesante.
«Aunque
sentir atracción por personas del mismo sexo quizá no sea una elección,
actuar sobre esos sentimientos sí lo es», explica Tim Walkins, activista gay
en sus años de juventud y hoy pastor presbiteriano casado y con tres hijos. «Salir
de la homosexualidad es posible a través de Jesucristo», asegura.
Walkins
defendió esta postura en el campus de la Universidad de Milwaukee (Wisconsin,
EE UU) el pasado jueves, e intentó así dar una respuesta cristiana a la cuestión
de la homosexualidad. Cuando cursaba secundaria, pensar en la heterosexualidad
le «asqueaba». «Yo no elegí sentirme atraído por mi mismo sexo. Uno de los
misterios de la vida es precisamente éste: que uno no puede elegir aquello por
lo que es tentado», explicó.
Aun
así, Walkins insiste en la diferencia que se debe hacer entre la atracción
homosexual que se siente y el comportamiento que se puede tener ante ella. «Se
puede resistir con ayuda de la fe y de una relación personal con Jesucristo»,
asegura.
«Reorientación».
De todos modos, Wilkins reconoce que en una época de su vida sí escogió ser
«un homosexual activo», especialmente cuando cumplió los veinte. El cambio
llegó poco a poco, como un proceso de «reorientación». «No es algo que se
consiga de la noche a la mañana», advierte. (…) «Me di cuenta de que, aunque no sabía
cómo dejar de ser homosexual, sí sabía cómo ser obediente a lo que creía».
Después de unos años, Tim Walkins consiguió encontrar «la calma y la
liberación» en lo que él llama una «dramática y romántica» atracción
heterosexual por primera vez en su vida. Hoy está felizmente casado y tiene
tres hijos.[5]
Hoy se tiende a la igualdad absoluta entre el individuo heterosexual y
el homosexual, en un titánico esfuerzo social que pasa por admitir lo que para
Dios no es admitido ni estaba en Su propósito para el ser humano. No es raro
ver personas con una apariencia de vida familiar, con hijos, cónyuge, y que
practican la homosexualidad en las ocasiones que buscan para ello.
Dentro de esta gama de vivir la sexualidad, se encuentran igualmente
los bisexuales, sin tener el mayor problema para tener relaciones sexuales con
personas de su mismo sexo o con otras del opuesto.
Hará unos meses escuché a un personaje que frecuenta los medios de
comunicación masiva definirse a sí mismo como trisexual. A saber lo que quiso
decir con eso.
Cada día se tiende a una sociedad en la que todos tengamos los mismos
derechos. Los gobiernos de las naciones se ven más y más en esta necesidad,
olvidando que la autoridad que tienen es puesta por Dios. Tanto que levantan
esta norma para dar cabida “con calzador” a lo que no es posible que sea
admitido en la sociedad. En el caso que analizamos, la igualdad de derecho a
costa de “pisotear” la base de nuestra sociedad, la familia.
De forma que hoy es perfectamente legal en España una familia en la
que los niños sean educados en convivencia por dos padres o dos madres. Y es
que los modelos sociales occidentales están llenos de enormes contrastes, como
el que está servido en 2.005: tratamos de reeducar al delincuente al que hace
daño a otro, pero al que se hace daño a sí mismo o, aparentemente, no
perjudica a los demás, le facilitamos a caminar en su propio perjuicio. ¿Acaso
no es patente la desestructuración que supone una familia con estas características?
¿Se tiene la suficiente base social para hacer legal la adopción de niños
obligados a vivir con dos figuras paternales o maternales, cuando la necesidad
de la persona en esas edades es tener un padre y una madre? ¿Desde cuando el
ser humano es más sabio que Dios?
No nos cuestionamos nada de tipo religioso, ni tan siquiera social,
sino que son vidas de personas las que sometemos legalmente a familias en las
que no predecimos un futuro fiable de sanidad global. Sencillamente porque
ninguna sociedad en toda la historia caminó así, carecemos de elementos
objetivos de contraste, conduciéndonos a una cuestión inequívoca: este modelo
familiar no es natural, oponiéndose a todo lo valorado como enriquecedor y sano
para los seres humanos.
Y es que en la adopción de hijos no existe experiencia en un campo tan
sensible. Algunos pretenden hacer la “vista gorda”, otros pretenden someter
la libertad del niño a la sexualidad de dos adultos. Son muchos expertos
los que advierten de los peligros que corren estos niños que legalmente
serán adoptados. Es el caso publicado en elmundo.es de 20 de Junio de 2.005, donde
dice que el
catedrático de Psicopatología de la Univer-sidad Complutense Aquilino Polaino
Lorente ha alertado de que la homosexualidad "se suscita" en los hijos
adoptados por gays o lesbianas. Polaino ha hecho estas declaraciones en la
Comisión de Justicia del Senado a propuesta del PP.
Casi sin darnos cuenta de las acciones que aprobamos y sus
consecuencias, la depravación humana va quedando día a día más patente. De
forma que caminamos en contra de nuestra propia naturaleza, de la creación de
Dios.
El Dr. Armando P. Ribas escribe en el Foro Atlas 1853 acerca de este
tema:
Si la naturaleza humana fuese tan maleable como pretenden los socialistas, hoy tendríamos al “hombre nuevo”, y más aun la “virtud” de la homosexualidad. Debo decir que mi pensamiento no significa que debe discriminarse en ningún caso, respecto a ellos, pues las acciones privadas de los hombres no competen a la sociedad. El matrimonio es una institución social gústele a quien le guste, y pésele a quien le pese. Esta puede variar pues empezando con los judíos, existía la poligamia y probablemente, tal como decía Hume en su ensayo sobre el matrimonio y el divorcio, correspondía a situaciones sociales particulares de la época. Es cierto que el matrimonio monogámico comienza con el cristianismo, y en éste se encuentra gran parte de los principios que forman el pensamiento liberal, tal como la separación de la Iglesia del Estado. Pero la idea misma de matrimonio en ningún momento de la historia ignoró la naturaleza de los sexos, por más que haya existido homosexualidad desde tiempo inmemorial y así la permitía el propio Platón.
La Alianza Evangélica Española emitió un comunicado en julio de
2.005 que tituló “Llamamiento a los Evangélicos Españoles”, y que
comenzaba así:
Un acontecimiento legal de gran trascendencia ha
sacudido lastimosamente el tejido social de nuestro país: la legalización de
las uniones homosexuales como matrimonios, convirtiendo a España en el cuarto
país del mundo que aprueba una ley semejante.
En este manifiesto se hace un llamamiento a cada cristiano a
reconocer y aceptar la autoridad de la
Biblia, punto sobre el cual la iglesia se mantiene en pie o cae. Además apela a seguir el distintivo
de la fe protestante a lo largo de los siglos: la sola Scriptura. Y concluye con la advertencia de no caer en el sometimiento al juicio desfavorable de las ideas e ídolos
contemporáneos, perdiendo la seriedad de
seguir las Sagradas Escrituras.
En el mismo escrito enviado a las iglesias Evangélicas y firmado por
el médico psiquiatra y presidente de la Alianza Evangélica Española, Pablo
Martínez Vila, y por el Secretario de la misma, Jaume Llenas, se recoge un
Comunicado de prensa emitido en Madrid el 10 de Octubre de 2.004. En éste se
aprecia la motivación y preocupación que, como cristianos evangélicos,
tenemos frente a esta realidad social y legal servida por políticos sin ver las
consecuencias que tendrá lo aprobado. Por ello quisiera plasmar en este
apartado del breve estudio propuesto, la integridad del “Comunicado Sobre
Matrimonios Homosexuales y Adopción por parte de Parejas Homosexuales”
emitido por la Alianza Evangélica Española.
Entendemos la necesidad
de asegurar el derecho a una igualdad jurídica de todos los ciudadanos, y en
este sentido abogamos por una equiparación de los derechos civiles de todas las
personas, al margen de su orientación sexual. Sin embargo, queremos matizar
que:
1)
El matrimonio
heterosexual y la pareja homosexual son hechos y conceptos claramente
diferentes. En este sentido no creemos que exista un derecho civil al matrimonio
homosexual, siendo el matrimonio una institución esencialmente heterosexual.
2)
Dicho esto, no obstante
reconocemos el derecho del Estado a legislar sobre la materia con la enorme
responsabilidad que para bien o para mal esto conlleva; siendo también
importante enfatizar que la legalidad no significa legitimidad moral, y en este
sentido entendemos y manifestamos que la ética
cristiana concibe la sexualidad humana dentro del ámbito de la relación
matrimonial heterosexual. Cualquier sexualidad que quede fuera de esta esfera
entendemos que es contraria a la ética cristiana y al diseño de Dios como
creador de sea sexualidad. Partiendo de esa base, la ética cristiana no condena las tendencias, sino
que condena la práctica fuera del ámbito matrimonial heterosexual.
3)
En cuanto a la cuestión
de la legalización de la adopción de
niños por parte de las parejas homosexuales, aunque el hecho en sí existe de
ipso en una minoría y alegalidad, sí sería potenciarlo el admitirlo
legalmente. Esta legalización creemos que se ha hecho precipitadamente, sin
tener en cuenta los derechos y posibles perjuicios para el niño (cuyos derechos
están por encima de los de las personas que forman la pareja homosexual); ya
que se ha procedido sin la reflexión, el consenso y un estudio objetivo
adecuados. Entendemos que es cuanto menos inseguro, afirmar que esta adopción
no tendrá efectos sobre los menores adoptados.
4)
Por último, nos preocupa que el ejercicio
de una opción de vida desde la orientación homosexual se confunda cada vez más
con un derecho humano fundamental. Cualquier estilo de vida (social, político,
religioso) puede ser criticado y cuestionado desde el respeto. Es una parte
fundamental de la libertad de conciencia (éste sí es un derecho fundamental) y
los valores democráticos.
Por lo cual desde la ética cristiana nos
manifestamos contrarios a la equiparación del matrimonio y la pareja
homosexual, y desde la ética y los derechos del niño radicalmente opuestos a
la adopción de menores por parte de parejas homosexuales.
De esta forma, y tras esta exposición, pasamos a enfocar la realidad social en la visión bíblica, conjugando dos conceptos incompatibles entre sí. Y es que nada más poner título a este breve ensayo, ya es complejo.
CAPÍTULO DOS
Una
humanidad sumida en el pecado
...la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e
injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad...
(Romanos 1: 18)
Desde tiempos muy lejanos, la inmundicia e injusticia del ser humano,
disfrazadas de bienestar y placer, se ha hecho patente en la historia.
En la actualidad, vivimos en un sistema social que,
aparentemente,
nos lleva a derechos para todos, igualdad, paz y mayor seguridad. Es la llamada
“sociedad de bienestar” o “Estado de derecho”.
Pero todo es ficticio y la realidad dista enormemente de las “buenas
intenciones” de los gobiernos del mundo.
Tras la Segunda Guerra Mundial (uno de los más aberrantes y
vergonzosos hechos de la historia), se crea la Organización de la Naciones
Unidas
(ONU), un organismo internacional que se preocupará por la paz a través de vías
diplomáticas, intervenciones armadas en países de inestabilidad política para
asegurar la paz, etc.
En los últimos años hemos podido ver que países como los EEUU, el
Reino Unido y otros, se han saltado resoluciones del Consejo de las Naciones
Unidas para intervenir militarmente en países, con altos intereses económicos,
en aras de ridículas excusas, arrojando miles de muertos y familias deshechas.
Y es que la humanidad antepone su criterio e interés, a la Justicia y
Voluntad de Dios. Las naciones de la tierra aparentan ser fieles, pero son lobos
devoradores en manos del adversario.
Dedicaremos este apartado de nuestro breve estudio para hacer una
valoración del sistema pecaminoso y
opuesto a Dios impuesto por el dios de este siglo que cegó el
entendimiento de los incrédulos (2 Corintios 4: 4); en
contraposición
al perfecto propósito de Dios, que mandó que de las tinieblas
resplandeciese la luz, Él es el que resplandeció en nuestros corazones,
para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
(2 Corintios 4: 6).
En la Palabra podemos leer
promesas impresionantes para
aquellos que temen a Dios y se deleitan en Sus mandamientos. Y también denuncia
a quien no cuenta con Dios en lo que hace y obra según su consejo, errará en
sus decisiones y no caminará hasta ser feliz.
Veamos dos textos en los
que podemos comprobar lo asegurado en el párrafo anterior:
Bienaventurado el hombre que teme a Jehová y
en sus mandamientos se deleita en gran manera. Su descendencia será poderosa en
la tierra; la generación de los rectos será bendita. Bienes y riquezas hay en
su casa, y su justicia permanece para siempre.
(Salmo 112: 1 – 3).
Hay generación que maldice a su padre y a su
madre no bendice. Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha
limpiado de su inmundicia. Hay generación cuyos
ojos son altivos y cuyos párpados están levantados en alto. Hay generación
cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de
la tierra, y a los menesterosos de entre los hombres. (Proverbios 30: 11 –
14).
Debemos reconocer que
nuestro concepto de bien es “cortito”. Existe una idea muy extendida
en la sociedad actual: “yo no hago daño a nadie, por tanto, puedo llamarme
bueno y tener mi conciencia tranquila”. Con este pensamiento se presenta mucha
gente a los demás y quieren justificarse a sí mismos delante de Dios.
Sin embargo no se dan
cuenta que no basta con no hacer daño a nadie (si esto fuera posible, pues de
una forma inconsciente o indirecta nos dañamos los unos a los otros), sino que
nosotros no podemos pagar por nuestros propios pecados, ni nadie es tan bueno
como para justificarse a sí mismo.
Como está escrito: no hay justo, ni
aun uno [...] ya que por las obras de la ley ningún
ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el
conocimiento del pecado. Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la
justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la
justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en
él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente
por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a
quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para
manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los
pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su
justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe
de Jesús. Romanos 3: 10 y 20 – 26.
La salvación se produce
por la fe en Jesucristo y no por obras, sabiendo que la fe sin obras está
muerta. Es, pues, la fe la que nos introduce en la buena Voluntad de Dios,
perfecta y que nos lleva a felicidad.
La obediencia, en general,
es la asignatura pendiente del ser humano. Sin embargo, la obediencia a Dios es
la llave de la felicidad que muchas personas buscan y se agotan porque no
quieren abandonar su miseria e inmundicia, cotizando erróneamente la basura que
existe en el hombre sin Dios, llevado por su propia mente y deseos engañosos.
Entremos a descubrir en la Palabra de Dios qué podemos advertir en
cuanto a la igualdad entre matrimonio y “pareja homosexual”.
Entiendo que esta cuestión, a pesar de lo incomprensible que supone
para el cristiano, ha de ser un desafío; pues, en mi opinión, nos coloca en
una dirección en la que aún más podemos ser de enorme utilidad al ser humano
y a la sociedad. Ya que esta Ley 13/2.005 de 1 de Julio arrojará aún más
problemas de los ya existentes en la mente, ya minada, del ser humano de hoy.
Nuestro reto es ser luz en medio de tinieblas. Dios ya nos hizo serlo por Jesús
su Hijo, nuestro Señor. Ahora nos corresponde a nosotros brillar y alumbrar en
medio de las tinieblas.
En tres apartados nos introduciremos en la lucha cristiana contra las
miras del adversario sobre el matrimonio y la familia. Si nos detenemos, vemos
que son evidentes las tinieblas y los conceptos impuestos por ellas que
esclavizan a la parte de la humanidad que aún no ha aceptado la obra redentora
del Hijo de Dios, no siendo, por tanto, libertada por nuestro Señor Jesucristo
en su muerte, por la limpieza de su sangre y en su resurrección.
En primer lugar, analizaremos brevemente los cambios experimentados por la familia en las últimas décadas.
En el segundo apartado progresaremos en la batalla mantenida por el
cristiano contra de todo valor mundano, sabiendo que la Palabra nunca estuvo de
moda.
En el tercer punto, nos centraremos en la lucha de los redimidos en
Cristo, pero de una forma más concreta, con respecto al matrimonio y la
familia.
1.
Tiempo de cambios:
...en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque
habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios,
blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto
natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo
bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más
que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la
eficacia de ella. (2 Timoteo 3: 1 – 5).
Vivimos tiempos de cambios que requieren tomar posiciones y afrontar
problemas para llevar a solución, consuelo y descanso en el Señor a los
atormentados por el enemigo.
De toda la porción de la Palabra de Dios reseñada antes, que basta
con una pequeña mirada alrededor para descubrir personas de este porte, pondré
más atención a su parte final: que tendrán apariencia de piedad, pero
negarán la eficacia de ella. El término en el que entiendo debo detenerme
es piedad.
El término griego que significa piedad, eujsevbeia
(eusebia), aparece 15 veces en el Nuevo Testamento y 9 de ellas en las
dos cartas paulinas a Timoteo. Una de las acepciones de este vocablo en
castellano, según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, es
virtud que inspira, por el amor a Dios,
tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y
compasión. Y en este sentido podríamos enfocar esta
parte de nuestro estudio. Sin embargo, no es ésta la idea que la Palabra ofrece
al hablar de la piedad.
En 1 Timoteo 3: 16 habla
del misterio de la piedad, atribuyéndole el calificativo de grande.
A continuación habla de la venida y la manifestación de Dios-Hijo, encarnado, justificado
en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado..., creído...
y recibido arriba en gloria. No está mencionando una virtud, ni amor
humano. Es la esencia misma del amor de Dios hacia la humanidad entera. Por
tanto, en la Palabra se nos da un sinónimo del amor de Dios que a propiciado Su
acción en nosotros. El vocablo bíblico que engloba tal revelación es piedad.
En el texto referido
anteriormente, advierte de hombres que en sus formas van a parecer llenos de
Jesucristo, de Su revelación y manifestación, pero en sus hechos son
detractores de todo el mensaje y la obra de Jesús.
La piedad, aquí y en el
Nuevo Testamento, cobra un enorme contenido, asombroso, de manera que tiene
poder. En griego, la palabra traducida como eficacia es duvnami" (dunamis:
poder, fuerza). Luego, la piedad tiene poder, puesto que es la manifestación de
la obra redentora de Cristo en la cruz, el camino de salvación.
Cuando el ser humano
pretende obrar por su cuenta, aún en las mejores cosas o intenciones, siempre
anda en desatinos y errores, desobediencias y ausencia de estabilidad, egoísmos
y crueldades. Lo perfecto está en Dios y a Él debemos recurrir y rendir
nuestros propósitos para se cumpla su Voluntad en nosotros y no nuestras
miserias.
La sociedad ha
experimentado cambios, aparentemente buenos, pues parece que vivimos mejor. Pero
la inmensa mayoría de ellos se han producido al margen de Dios, sin tener en
cuenta aquello que Él quiere. Las consecuencias de tales acciones las vemos con
demasiada frecuencia en las noticias, a nuestro alrededor, en multitud de
circunstancias.
Estos cambios son muy profundos en la sociedad y afectan de forma muy incisiva sobre la familia.
Al igual que las distintas facetas de la vida cotidiana de nuestra sociedad, el concepto de familia ha experimentado profundos cambios en las últimas décadas, tanto como institución, como base en el orden social. De tal forma que, desde un punto de vista sociológico, se hace imposible establecer una definición normativa de la familia.
Las nuevas tendencias de la vida familiar son amplias; pero con todo, y sabiendo que se escaparán muchas de ellas en esta exposición, trataremos de plasmarlas:
Cada vez más, existen personas que deciden compartir vida en pareja sin estar casados, constituyendo “parejas de hecho”. El número de divorcios, supera ya el de nuevos matrimonios. Cada vez son menos frecuentes las familias numerosas, incluso muchas parejas deciden no tener hijos. La vida y economía familiar se ven marcadas por la vida laboral de ambos cónyuges, trabajando los dos fuera de casa. El tremendo esfuerzo titánico de las personas que se ven obligadas a educar hijos en soledad, es más común día a día, con los consiguientes problemas que esto trae sobre los hijos. Las relaciones bisabuelos, abuelos, padres, hijos, nietos, bisnietos se ven truncadas en muchos casos por la distancia y ritmo de vida, creando ciudades gigantescas donde mucha gente va constantemente de un sitio para otro. Más y más son los niños educados por criadores, guarderías, colegios, internados, creándoles ambientes inadecuados, faltos de calor, acusando inseguridad y pillería. Familias desintegradas y desestructuradas arrojan un alto índice de delincuencia social con crímenes atroces. La falta de estabilidad que acusan muchas parejas, ofrecen carencias importantes a familias ya resentida, de hecho, por problemas anteriores. Parejas homosexuales hoy ya en igualdad legal ante la adopción y educación de hijos; creando familias bajo conceptos tan nuevos como imprevisibles sociológicamente; pero que, fuera del plan de Dios y siendo de invención humana, ciertamente están destinadas a fracaso y foco de problemas socio-culturales.
Los escritores contemporáneos conceptúan a la familia nuclear de diversas maneras: como represiva (muchos autores marxistas y feministas); como instrumento de control social, subversiva a la autoridad religiosa o de estado; una fuente frecuente de desórdenes psicológicos; y potencialmente idólatra. Muchos en occidente, que consideran a la familia en un estado de crisis, buscan formas alternativas de comunidad, como un retorno a la familia extendida, o las viviendas colectivas.[6]
Con todo, podemos ver en Romanos 1: 18 – 32 las causas de la corrupción y desintegración social en todas las épocas de la historia de la humanidad.
2.
Choque entre la Palabra y el sistema
social mundial:
La visión social actual del sistema mundial choca con la perspectiva bíblica y, por tanto con el plan de Dios. Una de las aportaciones de la psiquiatría moderna, en su vertiente denominada “anti-psiquiatría”, consiste en contemplar la delgada línea que separa la locura de la cordura; qué mundo es más irreal el del considerado loco o el del cuerdo.
En un aporte mayor de información multi-disciplinal, la sociedad, en todos sus ámbitos y mecanismos, va a dar su alarma cuando una actitud, enfermedad, o cualquier agente, ejerza un peligro para el colectivo. Mientras tenderá a una perfecta tolerancia en caso contrario.
Con estas bases, muchos de los pecados contemplados en las Escrituras, son aceptados sin ningún tipo de problema por el conjunto de la sociedad.
Así, las labores y orientaciones dadas por los diferentes estamentos sociales que inciden en las poblaciones, actúan en el conjunto, no en el individuo. La gente es movida a respetar y aceptar las particularidades de cada cual, sean cuales sean, siempre que no perjudique a los demás, claro. El trabajo se hace en el entorno, para ser movido a aceptar y convivir.
La Palabra muestra el plan de Dios, que no se centra en el entorno y mucho menos para que acepte el pecado, sino que Dios quiere relacionarse con la persona.
Mientras que en los planteamientos del sistema mundial, el individuo no es transformado, manteniendo su pecado y deformación cara a Dios, confiado y cómodo por la aceptación social; el plan de Dios se realiza bajo la acción de Jesucristo en su muerte y resurrección, para una felicidad integral del redimido, al ser transformado y limpio, abriéndosele una vida completa y llena de Dios.
Cuestiones como la homosexualidad, la falta de compromiso hombre-mujer, desarraigo familiar, promiscuidad, etc. en lo concerniente al plano familiar (y muchísimas en otros temas), siguen este choque en sus planteamientos, con toda la incidencia que tienen. Son aceptados por el entorno social (siempre que no causen “daños” a los demás), cuando en realidad se trata de desvirtuaciones que alejan de Dios y Su gracia.
Con un simple vistazo a los medios de comunicación se descubre con facilidad la aceptación que tienen las personas inmersas en brujería, divorcios, homosexualidad, promiscuidad,...
Un ejemplo lo tenemos en los concursos televisivos denominados “reality shows”[7], como los planteados en los que varias personas conviven en un mismo lugar mostrando sus momentos íntimos en la pequeña pantalla, es patente la preferencia del público sobre las personas que “dan juego”, siendo éstos los más rocambolescos cargados de pecados.
Para el ser humano es mucho más fácil poner en práctica la desobediencia a Dios, pensando (siendo únicamente una percepción) que gobernamos nuestra propia vida; que obedecer a Dios, donde podemos creer (simplemente así lo entendemos, aún no siendo ésta la verdad) que no controlamos nuestra propia realidad.
Y es que esto, en definitiva, no es cierto; ya que la Palabra ofrece una serie de paradojas muy peculiares.
Podemos leer en la Escritura:
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? (Mateo 16: 24 – 26).
La lucha del hombre está en poseer o en ser influyente o importante. A esta condición, que comporta una forma de vida entregada a “ganar el mundo”, es lo que Jesús llama tratar de “salvar la vida” uno mismo. Sin embargo, la pelea del seguidor de Cristo no está en este afán, sino en todo lo contrario. Más bien se trata de “perder la vida” por causa de Él. Aquí radica la renuncia a nuestro propio “yo”, a mis deseos y satisfacciones, en favor de la perfecta voluntad de Dios.
Existen textos en la cartas del apóstol Pablo en las que advertimos esta singularidad que conduce a hallar nuestra vida en el Señor, verdadera, abundante y eterna:
Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia [...] Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. (Colosenses 3: 5 – 6 y 12 – 14).
Morir a la desobediencia a Dios para nacer a lo perfecto. El Señor Jesús puso sus pisadas en estos lugares igualmente. El autor de Hebreos así lo resalta en su carta cuando dice:
Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. (Hebreos 5: 8 – 9).
El Hijo, aún siéndolo como efectivamente lo era, tuvo que aprender obediencia. ¡Cuánta importancia tiene la obediencia en la vida del cristiano! La mayoría de los creyentes tienen su verdadero campo de batalla en este aprendizaje. Saber obedecer a Dios conduce a victoria, mientras que la satisfacción de los propios deleites o la sabiduría en la propia opinión o pensa-miento del ser humano lleva a infelicidad personal y ajena.
3.
Tocando los pilares del matrimonio:
Con lo acaecido en el último tiempo en materia legal con respecto a la igualdad entre matrimonio y pareja de homosexuales, se ha llegado a tocar los pilares de la familia y el matrimonio. Son muchos los riesgos que se corren al querer forzadamente que éstos sean transformados en su esencia.
Al situarnos frente a la expresión “matrimonio entre
homosexuales”, no encontramos nada nuevo en matrimonio, tan antiguo
como el ser humano; y tampoco en la homosexualidad, quedando ya este
concepto muy atrás en tiempo. Donde reside la novedad es en la conjunción de
estos dos términos para resultar una expresión que, desde muchos puntos de
vista (incluido el bíblico, para nosotros el único que tiene validez), son
incompatibles.
Cuando meditamos en esta idea, nos damos cuenta que no cabe semánticamente
matrimonio en esta unión. Y es que, según el Diccionario de la Real Academia
de la Lengua, en su sección dedicada al matrimonio, dice:
Unión de hombre y mujer
concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.
Algunos pensarán que estas acepciones tendrán que ser cambiadas sin más,
pero los que así lo ven no reparan en aquello que verdaderamente debe ser
modificado.
También he recibido (como se hacía referencia en el preliminar de
este breve tratado) a través de los medios de comunicación, la opinión de
periodistas y políticos diciendo que esta unión no es en sí un matrimonio,
pues es una institución milenaria y que lo necesario sería, equiparando
derechos, ponerle un nombre distinto. Todo para no perjudicar el concepto clásico
de matrimonio.
Se puede llegar a pensar que llamando a esta unión de otra forma se
solucionan las dificultades sociales, éticas, morales y de responsabilidad
humana que este hecho va a generar.
En mi opinión, sin llegar a negar la realidad social que vivimos,
tendríamos que hacer un análisis sobre las consecuencias que supondría una
exageración de este tipo. Pasar en tres décadas de una visión aberrante de la
homosexualidad, a ponerse de moda y aceptarla como algo natural, dentro de la
libertad sexual de la persona (como si mover nuestra voluntad y elegir no
conllevara consecuencias), dando ocasión a casamientos, adopción de hijos,
etc., es un auténtico exceso, fruto de la locura y pecado de la humanidad.
Este análisis se puede hacer desde tantas perspectivas como se
quieran, pero el enfoque que nos corresponde como cristianos evangélicos, con
nuestro “grito de guerra” de la sola Scriptura, es bajo la
perspectiva en la Palabra de Dios en conciencia y consecuencia.
Para ello, no tenemos más alternativa que ir a la propia creación del
hombre, donde creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó;
varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo:
Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los
peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven
sobre la tierra. (Génesis 1: 27 – 28).
También hay un mandato para el propio desarrollo humano en plenitud,
donde Adán no encuentra ayuda idónea entre todo lo creado. Cuando Dios crea a
la mujer y es presentada ante el hombre, éste la acepta con entusiasmo, con
agrado. Y dice Génesis 2: 24:
Por
tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán
una sola carne.
Desde el principio Dios establece su plan con el ser humano, que viva
en pareja de por vida, compuesta por un hombre y una mujer, el matrimonio. Éste
ha superado el pecado del ser humano, las culturas tan dispares y opuestas en
muy diversos temas, los tiempos, las guerras, los miedos,... y llega hasta hoy.
Aquí planteamos el comienzo de nuestra andadura en la Palabra, para
poder descubrir de qué forma Dios plantea y pide la convivencia en matrimonio y
cómo ve la homosexualidad. Por esto último comenzaremos.
CAPÍTULO TRES
La homosexualidad desde la perspectiva bíblica
Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante
es mala; y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.
(Santiago 4: 16 – 17)
La homosexualidad está bien definida en la Palabra de Dios. Al igual
que otros conceptos, no es establecida de la forma que lo haría un diccionario
de nuestro tiempo, sino que el contenido que encierran las palabras se fijan por
su empleo y contexto.
Así vemos, por ejemplo, en Levítico 18:22 que dice:
No te echarás con varón como con mujer; es abominación. También Levítico 20:13 hace la
misma referencia: Si alguno se ayuntare con
varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre
ellos será su sangre.
En el Nuevo Testamento destacamos un texto en Romanos 1: 26 – 27 que
dice: Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres
cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual
modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en
su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y
recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
Con estos textos podemos dar por sentada una definición bíblica de
homosexualidad. Es tener relaciones sexuales mujeres con mujeres y hombres con
hombres, y son catalogadas de abominación, hechos vergonzosos, actuar contra
naturaleza, extravío.
Para algunos cristianos la cuestión no es de esta forma. Se diría que
en su estimación sobre la Biblia dejan al margen la inspiración del Espíritu
Santo (a tenor de sus alegatos), atribuyendo su contenido a las necesidades
culturales, políticas y religiosas de la época.
De esta forma (si fuera cierta), la homosexualidad estaría poco
definida en la Palabra, no siendo un hecho relevante en la vida cristiana.
Veamos algún ejemplo:
Para
Walter Wink[8]
la cuestión está clara en cuanto que la Biblia no tiene ética
sexual. No hay ética sexual bíblica. En cambio, presenta un surtido de
costumbres sexuales, algunas de las cuales cambiaron a través del milenio de
historia bíblica. Las costumbres son prácticas irreflexivas aceptadas por una
comunidad dada. Muchas de las prácticas que la Biblia prohíbe, nosotros las
permitimos, y a la inversa, muchas de las prácticas que la Biblia
permite, nosotros las prohibimos. La Biblia conoce solamente una ética del
amor, la cual constantemente se aplica sobre cualquier costumbre social que
domine en cualquier país, o cultura, o período dados.[9]
Para el mismo autor y por las mismas causas
culturales (repoblación de un país, marginación cultural de la mujer,... con
respecto al Antiguo Testamento; y el desconocimiento del apóstol Pablo sobre
los conceptos actuales de la vida natural, en el Nuevo Testamento) los textos bíblicos
que hablan sobre la homosexualidad no son válidos para poder ver una postura
definida en el pensamiento y propósito de Dios con respecto a la
homosexualidad.
De la misma forma, aquellos que sostienen que la
Palabra no se pronuncia contra la homosexualidad, tal y como hoy se da en
nuestra sociedad, al no verla suficientemente documentada al respecto, echan
mano de episodios históricos en los que el cristianismo se dividió en
opiniones y actitudes.
Es el caso de la esclavitud, muy usado para respaldar
este tipo de comentarios: Cuando queremos construir una pastoral hacia
las personas de orientación homosexual debemos traer a la memoria las agrias
polémicas en el siglo pasado entre aquellos cristianos que querían abolir la
esclavitud y aquellos que utilizando la Biblia sostenían ese sistema como
inspirado por Dios. Esta actitud se prolongó aún en nuestro siglo con aquellos
cristianos que justificaban la separación racial en Sudáfrica. De la misma
forma en que aquella cuestión se transformó en una división de aguas
confesional hoy aparece el controvertido tema de la orientación sexual como
tema que define la identidad de la iglesia misma y de su práctica pastoral.[10]
Es como, si de repente, estos cristianos hubieran perdido la noción básica
de nuestro existir. La Escritura es inspirada por el Espíritu Santo, pero a
ellos “se les olvidó”. Las cuestiones culturales no son otra cosa sino eso
mismo, cultura; nada tienen que ver con el amor de Dios al ser humano. El hombre
es social y así se desenvuelve. Dios crea todo lo existente con el firme propósito
de proveer al hombre de gloria, honra, felicidad, paz,... El pecado del hombre
trae maldición a la tierra. Dios suministra salvación al hombre en un costosísimo
proceso con la sangre derramada, en la cruz del Calvario, de su Hijo. Así,
nuestra vida en la tierra no es la meta, sino que la Palabra define que aquí
somos peregrinos y extranjeros. En esto es innegablemente claro (aunque algunos
pretendan restarle sabiduría a quien Dios se la dio porque Él lo quiso) el apóstol
Pablo cuando dice: nuestra
ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor
Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación
nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el
cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. (Filipenses 3: 20 – 21).
La dimensión que adquiere nuestra vida en el Señor es inmensa cuando
nos encontramos aquí, en esta vida terrenal, como peregrinos; teniendo la
esperanza en la resurrección y en la vida que Dios nos tiene preparada a los
que le amamos. El propio Pablo afirma: Si como hombre batallé en Éfeso
contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y
bebamos, porque mañana moriremos. No erréis; las malas
conversaciones corrompen las buenas costumbres. Velad debidamente, y
no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo.
(1 Corintios 15: 33 – 34)
De esta manera, nuestra conducta y manera de vivir en esta vida con
todas nuestras tendencias y problemas es muy importante. Pedro nos dice: Amados,
yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos
carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra
manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como
de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar
vuestras buenas obras.
(1 Pedro 2: 11 – 12).
Los que rechazan las enseñanzas bíblicas haciendo alusión a
cuestiones de controversia social o cultural, niegan la efectividad de la obra
de Jesucristo, dándoles ellos más importancia a la vida terrenal que a la
celestial.
Luego no se trata de nuestro deseo, sino de la Voluntad de Dios,
agradable y perfecta. Quienes quieran ver en la esclavitud un medio para dominar
a otros y obligarles a realizar los trabajos pesados, sin opción a un
desarrollo pleno en sus vidas, van a tratar de imponerlo con la Palabra de Dios,
con un manual de informática, el cuento de “Caperucita Roja” o con
cualquier medio que se les ponga por delante. Y, del mismo modo, aquellos que
quieran “sacar”, expulsar de la Biblia contenidos, que de hecho están en
ella, porque a ellos les parezcan fuera de sus propios conceptos sobre la
justicia o la libertad, lo harán con la mayor lógica que puedan.
Dios ha revelado en su Palabra su pensamiento, su poder, su propósito,
etc. Aquel que en humildad y agradecimiento, amando a Dios y lo que es de Él,
quiere obedecerle en decisión personal, lo hará así por la acción del Espíritu
Santo en nosotros, en la obra redentora de Jesús, conforme la voluntad del
Padre. Quien, al contrario, lo quiera rechazar, buscará todo tipo de
aportaciones para no obedecer. Y lo hará con la intención de aminorar el
enorme peso que el rechazo de la voluntad de Dios conlleva.
En este breve estudio elijo tomar la vía que en plena convicción
presento: la Biblia es, en su totalidad, la Palabra de Dios. Partiendo de esta
base (y sabiendo que la Biblia se interpreta a sí misma, de manera que ningún
texto puede salir de su contexto; sin ninguna pretensión personal, sino la
aceptación con sencillez de lo revelado por el Espíritu de Dios a la
humanidad) prosigo este pequeño ensayo con el deseo de ser de bendición a
quien lo pueda leer.
Por tanto, dando toda veracidad y autoridad a la Palabra de Dios, y
situándola donde le corresponde, propongo adentrarnos en ella, atentos a sus
enseñanzas, para vislumbrar acerca del tema que nos ocupa.
1.
Dios desaprueba la
homosexualidad:
Resaltemos el texto
referido ya en Romanos 1: 21 –
27: Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le
dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón
fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y
cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre
corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
Por lo cual también Dios
los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo
que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la
verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que
al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.
Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus
mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y
de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se
encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres
con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
El apóstol Pablo enfrenta la homosexualidad (y otros pecados de carácter
parecidos) como una consecuencia de dejar el hombre a Dios y encenderse en su
egoísmo, orgullo, envanecimiento, injusticia humana, para llegar a la lascivia;
tratar de crecer experimentalmente para
llenar el vacío interior del hombre por la ausencia de Dios, cometiendo
hechos vergonzosos.
Es muy llamativo la indicación hacia la que apunta Pablo. Conocer a
Dios lo pone al alcance del ser humano sin barreras culturales, sociales,
territoriales, sino que generaliza.
No se está refiriendo a los judíos concretamente, receptores de la
Ley y como pueblo escogido para testimonio a las naciones, de donde saldría la
salvación de toda la humanidad.
En este caso Pablo abre la puerta de la manifestación de Dios al ser
humano en una particularidad espléndida y gozosa, de la que todos disfrutamos,
justos e injustos. Los tres versículos anteriores a los escritos más arriba
dicen: Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e
injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque
lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque
las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente
visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas
hechas, de modo que no tienen excusa. (Romanos 1: 18 – 20).
Pablo presenta a Dios, no como el que se oculta, el que no se
manifiesta a la humanidad, sino todo lo contrario: lo que de Dios se conoce
les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. El problema reside en el ser
humano en su elección.
El eterno poder de Dios y su deidad, invisibles a los
ojos, se pueden intuir, vislumbrar, aceptar y agradecer por medio de las cosas
creadas.
Uno de los testimonios de Dios a la humanidad es la propia conciencia
que el mismo Dios da al hombre. Romanos 2: 14 – 16 muestra lo siguiente: Porque
cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley,
éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la
obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles
o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará
por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.
Luego no sólo la creación, sino la conciencia humana, son elementos
otorgados para conocer a Dios hasta donde Él se ha manifestado al ser humano
que carece de la Ley o, en el tiempo de la gracia, no han tenido un encuentro
personal con Cristo.
Así se cumple la Palabra cuando el apóstol dice: de modo que no
tienen excusa. No la tiene todo aquél que da la espalda a Dios en
desobediencia y cambiándolo -a Dios incorruptible-, por ídolos, egoísmo,
satisfacciones personales a costa de daños, ansia de poder, etc. Tanto que el
ser humano cae en lo vergonzoso, la inmoralidad contra el propio cuerpo, entre
esto está de forma explícita la homosexualidad.
Detrás de la referencia a
los pecados sexuales se mencionan otros. Pablo quiere dejar claros una especie
de pasos en la decadencia del hombre, siendo muy temprana, en esta cadena, la
homosexualidad.
La conclusión final del
capítulo uno y el versículo 1 del 2, tras toda esta decadencia en cadena es: que
los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que
también se complacen con los que las practican. Por lo cual eres inexcusable,
oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te
condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.
Pablo enfatiza en
Romanos 1: 26 – 27 que la homosexualidad, así como la intimidad sexual fuera
del matrimonio, desagradan a Dios. Como otros pecados que enumera en Romanos 1:
28 – 31, éste ofende la ley de Dios (Levítico 18: 22; 20: 13), distorsiona
el buen regalo de la intimidad marital que Dios creó para la procreación y el
gozo en el matrimonio heterosexual (Génesis 2: 24; Proverbios 5: 15 – 19;
Mateo 19: 4 – 6; 1 Timoteo 4: 3 – 5).
Cuando Pablo escribió
Romanos veía que algunos homosexuales obedecían la fe cristiana (vea 1
Corintios 6: 9 – 11). La homosexualidad, así como el pecado sexual premarital
o extramarital, no es imperdonable. La fuerza dadora de vida que resucitó a
Cristo puede dar poder a las víctimas de la esclavitud homosexual y
heterosexual para romper las cadenas de pecado y vivir con pureza que honre a
Dios (Romanos 8:
11).
La tendencia moderna de
aprobar la homosexualidad niega la creación de Dios, su ley y el poder mediador
de la cruz de Cristo para debilitar el poder del pecado.[11]
Algunos convertidos arrastraban en su vida nueva
cuestiones del viejo hombre, también existía la homosexualidad en algunos que
venían al Evangelio en tiempos del Nuevo Testamento.
Lo vemos con la misma palabra en griego ajrsenokoivth" (arsenokoites), en 1 Timoteo 1: 10 (en
este texto traducido como sodomitas), cuyo sentido es el mismo: uno que
se echa con varones. También en 1 Corintios 6: 9 con el término malakov" (malacos).
En este caso se habla de personas afeminadas. Una traducción es fino, suave,
incluyendo también a alguien afeminado.
Pablo, en su carta a los Romanos, hace una
exposición progresiva, tocando los puntos más cruciales y pragmáticos de la
vida del cristiano, con todos los problemas que se puede encontrar, e incluso
los que puede traer a su nueva vida en Cristo, procedente de su viejo hombre
antes de su conversión. En esta dirección deja claro el perdón de Dios.
Aunque Pablo lo expone en el tiempo de la gracia, cuando Cristo nos ha
librado del pecado y de la muerte, Dios lo desecha anteriormente en su pueblo
Israel. Los pecados sexuales son muy antiguos y Dios es firme con ellos.
En Israel, Dios sabe que los pueblos que van a echar de la tierra
prometida practican la prostitución como culto a los dioses, tanto con rameras
como con hombres homosexuales. En Deuteronomio 23: 17 – 18 dice: No haya
ramera de entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de
Israel. No traerás la paga de una ramera ni el precio de un perro a
la casa de Jehová tu Dios por ningún voto; porque abomi-nación es a Jehová
tu Dios tanto lo uno como lo otro.
La palabra perro en hebreo es bl,K, (kelev). En el contexto, más que perro
cabría otro significado de kelev: hombre homosexual que se prostituía
en culto religioso a los ídolos. En la Ley Dios prohíbe tanto la prostitución
como las relaciones homosexuales. A la luz del texto leído.
También vemos, cuando llegan los dos ángeles a
Sodoma, Lot los acoge en su casa. Cuando llega la noche, los varones de Sodoma,
la Palabra quiere y se detiene en puntualizar que eran los varones de la ciudad
(desde el más joven hasta el más viejo) los que rodearon la casa de Lot.
Exigían que los ángeles venidos en forma de varones saliesen de la casa para
conocerlos. El verbo "conocer" que aquí figura, en hebreo es [dy (ayin – dalet – yod), que se expone en
qal imperfecto, y por tanto se puede traducir por conocer, saber de..., o bien,
en el sentido que allí, conforme al contexto (os ruego, hermanos míos, que
no hagáis tal maldad) significa: tener relaciones sexuales.
Una costumbre muy admitida y pública en las
ciudades destruidas por Dios por estas prácticas tan deplorables de mantener
relaciones homosexuales, entre otras depravaciones.
Otro lamentable suceso ocurrió en la ciudad de
Gabaa, cuyos habitantes eran de la tribu de Benjamín. Un viejo acoge a un
levita y a su concubina para pasar la noche, pero los varones de la ciudad
rodean la casa del viejo y piden que saque al hombre para mantener relaciones
homosexuales con él. La historia de Jueces 19 es de gran violencia. Algunos se
empeñan en ver aquí una forma de privar al extranjero de su masculinidad y,
por tanto, humillarle. No obstante, tanto el relato de Génesis como el Jueces
son recogidos en la Palabra por sus
dimensiones pecaminosas y sus enormes consecuencias. Sodoma fue destruida por su
maldad. El segundo episodio provocó una enorme guerra fraticida entre Israel y
la tribu de Benjamín.
No parece haber en la época una costumbre así, a
la luz de lo que los casos referidos provocaron en el tiempo en que se dieron.
En ambos casos todo un pueblo se juntó para hacer una maldad, en la noche,
teniendo el sexo como protagonista, pero de inclinación clara homosexual.
Pero bien es cierto que el problema actual de la
homosexualidad es más complejo del presentado en los tiempos bíblicos. No
podemos olvidar que lo que origina este escueto escrito es la Ley de reforma al
Código Civil español por el que se admite legalmente el matrimonio entre dos
personas del mismo sexo. Esto era impensable en épocas pasadas, no solamente
las bíblicas.
En los tiempos del Nuevo Testamento y dentro de
Israel, tener esposa era señal de continuidad en el linaje familiar a través
de los hijos. Era muy extraño encontrar a un varón del pueblo judío no casado
con su esposa; incluso los hijos son tomados como bendición de Dios.
No obstante, en tiempos antiguos y en otras
culturas diferentes a la judía, aún manteniendo las relaciones normales y
propias del matrimonio, estaba muy extendido, en cultos religiosos a ídolos,
orgías,... entrar en depravaciones sexuales, incluida la homosexualidad.
En el texto de 1 Corintios 6: 9 se ve un sector de
población que podría encuadrar en la sociedad actual en cuanto a
homosexualidad. En griego se usa, como anteriormente se trató, malakov" (malacos)
para mencionar algo fino, suave, pero también a alguien afeminado. Y después,
como vimos, ajrsenokoivth" (arsenokoites): los que se echan con
varones. Pero en este contexto de cultura griega como era Corinto, no estaríamos
hablando de una práctica esporádica, sino continua o como forma de vida. En
esto sí es posible establecer un acercamiento con el planteamiento social de
hoy.
En nuestros días, aún existiendo todo tipo de
combinaciones, en cuanto a aberraciones sexuales se refiere, y aún viendo
paralelos bíblicos como el anterior, el tema que nos ocupa tiene connotaciones
muy particulares, cultural y pragmáticamente. Pues estudiamos aquí el
matrimonios entre homosexuales, formados por personas con cualidades muy
concretas.
En todo lo analizado, hasta lo visto, no podemos
admitir las posturas que la sociedad actual pretende y tener una conciencia
clara y en paz delante de Dios; sino muy al contrario, la homosexualidad es
aberrante para el Creador de la humanidad y todo cuanto existe. Pero sigamos
analizando.
Hoy, la condición sexual de la persona es una
opción respetable. Por lo tanto mueve su voluntad en este sentido,
unirse de por vida a una persona de su mismo sexo por “enamoramiento”.
En ningún caso el ser humano está preparado para mover su voluntad por sentimientos. Este es el error que muchas personas cometen montones de veces a lo largo del día, sin reparar en el propósito de Dios para su propia vida.
De entre todas las cualidades y elementos que Dios ha dado al hombre,
existe uno que es muy especial, por ser de uso exclusivo de la propia persona,
la voluntad.
Ésta funciona a modo de interruptor, abre el circuito o lo cierra,
“sí” o “no”. Imaginemos un circuito eléctrico de nuestra casa
instalado para proveer de luz nuestra cocina. Cerca de la puerta está el
interruptor cuya misión es encender la luz o apagarla. Este interruptor separará
un cable de otro, de forma que abre el circuito impidiendo la conducción eléctrica
y la luz estará apagada. En el preciso momento en que cambiamos el interruptor
de posición, los cables se ponen en contacto, cerrando el circuito y haciendo
que llegue la electricidad prefijada al aparato de iluminación instalado en
nuestra cocina y... se enciende.
Así es nuestra voluntad, decimos “sí” o “no”; no existe un
punto medio, aunque a veces nos las ingeniamos para que lo haya y quedar impune
de las consecuencias de decisiones tomadas, pero esto será en apariencia, pues
Dios, que mira los corazones, ve lo que exactamente decidimos e hicimos.
En la Palabra vemos que desde el principio fue así. Dios da mandatos
muy generales justo después de la creación del ser humano. Las decisiones que
el hombre y la mujer tomaron con respecto a los mandatos de Dios, aún
repercutiendo en los sentimientos, no se basaron en ellos sino en el
conocimiento.
En el relato sobre el pecado de Eva y Adán podemos resaltar lo que
movió la voluntad de ellos a desobedecer a Dios.
A la mujer no se le “apeteció” comer del árbol de la
ciencia del bien y del mal hasta que la serpiente distorsiona las Palabras de
Dios. Es en ese momento cuando los sentidos de la mujer avanzan para codiciar el
fruto del árbol. Sin embargo, en una mirada más atenta al texto, se hace muy
patente que lo codiciable del árbol era la aportación que éste les iba a dar,
bajo el “nuevo conocimiento” proporcionado por la serpiente.
Pero la serpiente era
astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la
cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del
huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles
del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en
medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no
muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino
que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y
seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el
árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol
codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio
también a su marido, el cual comió así como ella.
(Génesis 3: 1 – 6).
Me he permitido subrayar los sentidos despertados por la serpiente en
la mujer, cuando Eva nunca reparó en el árbol y su aportación anteriormente.
Es evidente que la mujer movió su voluntad en base a sus sentidos o
sentimientos que ahora le inspiraba el árbol. Atrás quedó el conocimiento que
Dios le da con respecto a la acción de comer del árbol: De todo árbol del
huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal
no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. (Génesis
2: 16 – 17)
Existe un cambio profundo de la mujer en su actitud frente al árbol de
la ciencia del bien y del mal. El cambio es de su voluntad y viene por el
conocimiento que la serpiente le aporta, que despierta en la mujer un
sentimiento hacia al árbol que antes no tenía. La información dada por Dios
le era suficiente: porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.
La nueva visión incluía: No moriréis; sino que sabe Dios que el
día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios,
sabiendo el bien y el mal.
La Palabra nos dice que esta nueva manera de concebir al árbol, hace
desear comer, recrearse en su vista y codiciarlo. Sentimientos que conducen a la
mujer hasta elegir desobedecer a Dios.
La voluntad tiene una gran importancia en todos los asuntos de nuestra
vida y debemos tener claro que en ningún caso está preparada para ser movida
por los sentimientos sino por el conocimiento, que a su vez viene del Espíritu
de Dios a través de nuestro espíritu. Romanos 8: 16 dice que el Espíritu
mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. El
testimonio dado por el Espíritu de Dios pasa a nuestro conocimiento en sabiduría
e inteligencia espiritual (Colosenses 1: 9 – 14). Así nos movemos, hacemos,
damos pasos en nuestra voluntad para tomar decisiones conforme a Dios, y
llevamos fruto en toda buena obra y crecemos en el conocimiento de Dios.
Pero cuando la voluntad es movida por “el me apetece o no me
apetece”, “me gusta o no me gusta”, etc., vamos faltos de sabiduría,
perdidos, sin rumbo definido, en consonancia total con la vida de hoy,
“viviendo al día”.
Por tanto, no puedo admitir, según la Escritura, que la homosexualidad
sea una opción personal adecuada. Y tanto más, en una concepción coherente
basada y establecida en el conocimiento bíblico, conforme al Espíritu de Dios.
Basar el matrimonio de homosexuales en la opción sexual de cada cual,
es anti-bíblico.
Tras todo lo expuesto, podemos concluir diciendo
que las prácticas homosexuales eran y son aberración para Dios, pero muy
preciadas, desde el punto de vista de la maldad y la lascivia, ya desde la antigüedad.
2.
La
homosexualidad no es un pecado imperdonable
Que la homosexualidad es un pecado es un asunto
muy claro en la Palabra de Dios.
Actualmente no es bien visto el término pecado,
pero tampoco lo es correctamente entendido.
La Biblia dice que al
que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado. (Santiago 4: 17). Aquí valoraremos para una fácil conclusión del
versículo dos palabra: bueno y pecado.
En griego, el vocablo kalov" (kalos) es muy usado en el Nuevo Testamento (101 veces).
Traducido como bueno-a, buen, bien, hace referencia a aquello que es de calidad
y produce verdadera bondad y beneficio pleno en sí mismo y hacia fuera.
El concepto de bueno puede resultar diluido si tomamos referencias erróneas.
Para dos personas, en sus valores personales, puede existir una definición
diferente de un mismo asunto vivido y explicado por ambas.
Esta falta de precisión en los términos obedece al pensamiento que
hoy más prevalece en la sociedad: la cultura del “todo es respetable si no daña
a los demás”.
Con esta concepción se presentan muchas personas evidenciando su
bondad.
Pero no es cierta esta teoría generalizada. Existen multitud de
formas, actitudes, acciones que no dañan a los demás y no son buenas. El bien
no lo determina la mayoría (existen actitudes deplorables de un colectivo
concreto, como la discriminación o el racismo). Tampoco podemos encontrarlo en
las leyes de un país, sujetas a innumerables mutaciones ante injusticias y
pillerías.
Para muchos, lo que da veracidad y garantía de bondad a un asunto es
su demostración empírica. Es el procedimiento científico. “Si lo dice la
televisión o los científicos es verdad y es bueno, pues ellos lo han
contrastado, experimentado, corroborado,...”. Los que así piensan no se dan
cuenta que los logros de la ciencia dependen de la economía y están sujetos a
los mismos cambios que cualquier otra cosa: leyes, modas, pensamiento de
generaciones, etc. Lo que hoy se toma como cierto y bueno empíricamente, mañana
puede descubrirse otra cosa o experiencia que lo hace malo para el ojo humano.
Lo único que no cambia y siempre es actual es la Palabra de Dios. El
legado de Dios al ser humano, su Voluntad y amor no están sujetos a mudanzas,
experimentos y tiempos. La definición de bueno está bien determinada en la
Palabra. Por tanto, bueno es aquello que se ajusta al propósito de Dios y que
es acorde con la Palabra de Dios. Ojo a lo que hemos dicho. No hablo de aquello
que un hombre o una mujer quieren ver o entienden en la Palabra, sino lo que
sale de la boca de Dios.
Los intereses personales hacen que interpretemos la Palabra a
conveniencia. Esto no va a determinar lo bueno, sino lo que realmente Dios ha
dicho.
Así llegamos al concepto de pecado. Y es que no hacer lo bueno,
la Voluntad de Dios para una persona, es pecado.
Por tanto, pecado es desobedecer a Dios.
Si Dios desaprueba la homosexualidad, como vimos, practicarla es
pecado.
Pero el pecado no es el final de la vida de una
persona, sino que el pecador arrepentido, en su aceptación de Jesucristo y
dejando su antigua manera de vivir, con todas sus consecuencias, es justificado
por la fe, conforme a Romanos 5: 1: Justificados,
pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo.
Los pecados sexuales son muy llamativos y dejan
mal sentir en aquellos que lo sufren. El poder del pecado se hace fuerte en
aquellos que han de abandonar prácticas de años de evolución, fruto de una
conciencia cauterizada. Por esto, la lucha es muy fuerte y requiere la ayuda, el
amor y la disponibilidad de los hermanos en Cristo cercanos a quien elige
obedecer a Dios.
Sin embargo, conforme a la Palabra, el pecado no
tiene señorío sobre nosotros porque: nuestro
viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado
sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (Romanos 6: 6).
Elwell[12]
y Yarbrough[13], en su libro mencionado
antes, escriben con respecto a este tema: Está mal, por
supuesto, señalar a los homosexuales como peores pecadores que otros. Sin
suavizar el duro veredicto que la Biblia nos da para el pecado, tanto homosexual
como heterosexual, se debe proclamar con el verdadero mensaje con acciones
misericordiosas el perdón divino y el más amplio espectro de fidelidad moral
hacia un Dios bondadoso y humanitario.[14]
La realidad humana pasa por la necesidad de ser
perdonado en aquello que hace mal y perdonar todo lo que recibe como perjudicial
para su desarrollo y plenitud personales.
La Palabra revela que Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos
que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no
practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz,
tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia
de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a
nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos
nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar
nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no
hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en
nosotros. (1 Juan 1: 5 – 10).
Nos enseña a desvelar, delante de Dios y (si es necesario) delante de
los demás, nuestras faltas para con nosotros mismos, Dios y las personas a
quienes ofendemos. Toda desobediencia a Dios es pecado. Todos hemos pecado (por
ello murió Cristo, para darnos salvación en lo que era imposible para
nosotros, debido a la tendencia existente en el ser humano a pecar –Romanos
7-). Todos necesitamos ser perdonados. El perdón sólo es posible a través de
Cristo.
También revela la Escritura que no todos los pecados son iguales:
Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá,
y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte.
Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Toda
injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte. (1 Juan 5: 16 – 17).
¿A qué se refiere el apóstol con pecado de muerte y pecado
no de muerte? Podemos entender que el pecado de muerte es aquel que anida de
una forma estable en la persona, insuperable, que no puede ser perdonado.
Mientras que el pecado de no muerte es aquel en el que se incurre, pero se
supera, puede llegar a ser perdonado con una actitud adecuada, de
reconocimiento, confesión y humildad.
La propia Palabra nos saca da dudas cuando
descubrimos el pecado imperdonable. Jesús dijo: Todo
pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu
no les será perdonada. (Mateo 12: 31).
El contexto en el que este pasaje se desarrolla, nos presenta una
situación muy concreta. Jesús sana a un hombre endemoniado, ciego y mudo. La
gente se cuestiona sobre Él, pero los fariseos atribuyen el milagro a Beelzebú,
príncipe de los demonios. Es ésta la maldad que es referida como blasfemia
contra el Espíritu Santo.
La actuación del Espíritu de Dios es determinante en la humanidad en
el tiempo presente. Lo que de Dios viene al ser humano, está planeado en la
voluntad amorosa y misericordiosa del Padre; ha sido posible por la obra
redentora y de amor del Hijo; y llega a nosotros por el poder y la unción
concreta del Espíritu Santo en cada persona en particular.
Esta forma de operar Dios es palpable en la Palabra frente a la creación,
el plan de salvación, etc.
A modo de ejemplo, y sin pretender externos demasiado en este punto,
leemos Génesis 1: 3 el primer día de creación. Y dijo Dios: Sea la luz; y
fue la luz.
En el relato del resto de la creación se puede
observar el mismo modo de actuar de Dios: 1- “dijo Dios”; 2-el enunciado de
lo que va a crear; 3- “y fue...” como resultado de una acción concreta de
Dios.
Más
adelante leemos en el Salmo 33: 6 – 7 que por
la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por
el aliento de su boca. El junta como montón las aguas del mar; el pone en depósitos
los abismos. En Colosenses 1: 16, es
revelado a Jesús como Creador, viniendo a desvelar el texto señalado de Salmos
en el que conocemos que el Verbo de Dios y el Espíritu de Dios son Creadores: Porque
en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay
en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean
principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.
También Job 33: 4 coloca al Espíritu Santo como Creador.
Así, podemos ver, en los
puntos del uno al tres resaltados en el texto de la creación en Génesis 1, que
la actuación de Dios sigue la pauta: 1- Dios el Padre establece un plan en su
infinita sabiduría y poder (en este caso con respecto a lo que va a crear); 2-
Dios el Verbo hace posible, a través de Él, por medio de Él, la concreción
del plan del Padre; 3- y Dios el Espíritu Santo lo realiza directamente sobre
“el terreno”, de manera directa, manifestado en el caso que vemos con las
palabras: e hizo Dios..., y fue así,...
Lo mismo podríamos decir
del plan de salvación y la acción directa de Dios en el ser humano. En este
sentido podemos contemplar el libro de Hechos como la acción estable y fiel del
Espíritu Santo en la iglesia y en el creyente.
Luego, la persona de Dios
(que nadie se confunda pensando en tres dioses, sino un único Dios, manifestado
en la Palabra de Dios en tres personas, con mente, voluntad y sentimientos
propios de cada una de las tres personas) que
está todavía ejerciendo su poder, trayendo a la vida de cada hombre y mujer la
salvación (personalizada para cada cual), ungiendo y repartiendo dones,... es
el Espíritu Santo.
No es así extraño ver que
la blasfemia, el pecado, el rechazo del Espíritu Santo no pueda ser perdonado. Pero
cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no
hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará
saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque
tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre
es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber. (Juan 16:
13 – 15). Al cortar la comunicación abierta por Dios con el ser humano -a
través de Jesucristo y ejercida de forma directa por el Espíritu Santo, en la
misericordia del Padre-, quedamos sin el testimonio de Dios. Podemos ser muy
religiosos, aparentar toda la piedad que podamos, que si interrumpimos la acción
de Dios sobre nuestra vida, no nos queda nada, permaneceremos en absoluto engaño
y nuestra vida quedará en tinieblas.
Por este motivo no puede
ser perdonado el pecado contra el Espíritu Santo, porque no es posible que
llegue, de esa forma, la misericordia y el poder restaurador de Dios a la vida
de quien rompe este nexo con Dios. Por así decirlo es definitiva la ruptura de
aquel que rechaza voluntaria y conscientemente al Espíritu Santo y su preciosa
obra concreta en su vida, con Dios.
...y
para este pecado, por desgracia, no puede haber perdón, puesto que el esta
mental del cual, el pecado es el resultado, no admite ni la posibilidad de arrepentimiento, porque su esencia
consiste en esto: llamar satánico a lo que es el mismo objeto de
arrepentimiento.[15]
Pero no se peca contra el
Espíritu Santo en medio de las dudas, de los problemas de la vida, las luchas
del cristiano, pues no se rechaza a Dios.
La propia carta que nos ha
hecho entrar en esta última meditación, nos da las claves de la restauración
en Dios. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si
alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.
(1 Juan 2: 1).
El Salmo 51: 17 dice: Los
sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y
humillado no despreciarás tú, oh Dios.
En el texto a que hacíamos
referencia, 1 Juan 1: 9, leemos: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel
y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
La confesión de nuestros
pecados es de suma importancia. Como tantas doctrinas bíblicas, el ser humano
se ha encargado de desvirtuar la confesión bajo una visión de
“penitencia”, “penar” por los pecados cometidos.
La confesión es posterior
a reconocer el pecado y al arrepentimiento. Este último término es el
confundido en la historia.
Arrepentimiento es un
vocablo muy usado en la Palabra. En griego es metanoia, que significa
cambiar la mente o el propósito.
En Mateo 3: 1 – 2, vemos
a Juan el Bautista exhortando al pueblo a arrepentirse. Su proclamación es: arrepentíos,
porque el reino de los cielos se ha acercado.
En este texto, la Vulgata
latina de S. Jerónimo (345 – 419 dC.) traduce metanoeo (el verbo) por penitentiam
agite (hacer penitencia)[16].
Donde Penitencia viene del latín poena, que significa pena. Así
penitencia es imprimirse una pena por los pecados cometidos.
En un principio, la pena
era pública, después privada. Todo ello se materializó en una obligación
cristiana, al menos una vez al año, en el Concilio de Letrán IV, en el año
1.215. Y corroborado en 1.551 en el Concilio de Trento como de absoluta
necesidad para el perdón de los pecados.
La penitencia o confesión
auricular con un sacerdote católico-romano, aparece como sacramento en una
lista confeccionada por Pedro Lombardo hacia el año 1.142, en el último libro
de la obra titulada: “Cuatro libros de sentencias”.
Cuando la Palabra nos habla
de confesar nuestros pecados no está hablando del sacramento católico-romano
de la penitencia. Éste es una desvirtuación progresiva a lo largo de la
historia, que llega a una obligación fuera de la Palabra de Dios, por imposición
humana y que muchos problemas ha dado en la historia del catolicismo-romano.
La Palabra habla en términos
ajustados al pensamiento y la mente de Dios. Confesar es la acción de reconocer
el mal producido, la desobediencia; pasar así a un cambio en el proceder y en
la manera de pensar con respecto a lo realizado; sacarlo a la luz para aminorar
los efectos causados en otras personas (si es el caso) o delante de Dios (en los
casos que así se requiera) o delante de ministerios para rectificación y
restauración; llegar a perdonar y ser perdonado en una nueva visión en el
poder de Dios.
La confesión no tiene
sentido si no tratamos directamente con Dios en nuestro corazón con el deseo de
agradarle y en plena conciencia de ser lleno de su poder para una verdadera
transformación de vida.
Tanto, que cuando el
homosexual se reconoce fuera de la voluntad de Dios y confía en Su poder,
pidiendo perdón en arrepentimiento, Dios no desprecia un corazón arrepentido y
humillado.
He podido ser testigo del
poder de Dios en este problema (y en otros muchos). He visto de la forma que
Dios actúa en la vida de un homosexual que se reconoce delante de Dios fuera de
su voluntad y tiene firme propósito de reconducirse delante de Él conforme a
Su voluntad. Puedo asegurar que en una hora el Señor transforma la vida de un
creyente con problemas de este tipo. La actitud frente a Dios y la sinceridad,
abandonándose en Él, sumado a la ayuda de personas en comprensión y en la
dirección del Señor, fueron muy importantes en el caso que pude presenciar.
La homosexualidad no es
peor pecado que otros y puede ser perdonado y restaurado.
CAPÍTULO CUATRO
La respuesta a la homosexualidad
Y
a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha
delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios,
nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos
los siglos. Amén.
(Judas 24 – 25)
La
Palabra de Dios da respuesta al ser humano en todas sus luchas y vivencias. No
pretende condenar a la persona, como hemos visto, sino salvarla. En cambio, sí
condena la acción que se levanta contra Dios, toda desobediencia.
Para
que el ser humano pueda corregir sus
propios errores que le aportarán insatisfacciones, la Palabra de Dios
proporciona todos los elementos para renovar nuestra vida.
Con
el propósito de ordenar la respuesta que la Palabra de Dios da a la
homosexualidad, a fin de una mejor comprensión, vamos a dividir este punto en
dos apartados.
1.
...y
renovaos en el espíritu de vuestra mente...
La
renovación espiritual es una constante en la Palabra. Aquello que procede de
Dios para cada ser humano es nuevo. El gran amor del Señor nunca se acaba, y
su compasión jamás de agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy
grande es su fidelidad! [1]
(Lamentaciones
3: 22 – 23).
La
creación, a pesar de ser maldita la tierra por causa del pecado del
hombre (Génesis 3: 17), está basada en ecosistemas con la
particularidad de renovarse constantemente. A modo de ejemplo, todos sabemos que
el agua estancada se corrompe, la circulante se mantiene en niveles perfectos
para su consumo, se renueva.
En
la cita referida del libro de Lamentaciones
de Jeremías, se aprecia esta renovación. En el texto, en la traducción Dios
Habla Hoy, habla de las bondades de Dios. El escrito de La Biblia,
Nueva Versión Internacional, traduce compasión y bondades.
En la traducción RV60 dice sus misericordias. El término hebreo que
figura es µymij}r'
(rajamym), que es cariño, ternura, compasión. Hace clara alusión al
amor de Dios, a su misericordia, a su compasión, a su bondad para con nosotros.
Si
Dios nos ofrece siempre maravillas y ternura nuevas, también nos pide entrar en
ellas renovados nosotros.
Dentro
de la renovación de lo que Dios nos da y la acción que Él nos demanda,
recordamos, por ejemplo, el mandamiento nuevo de Jesús (Juan 13: 34 –
35); el vino nuevo predicado por el Señor, haciendo alusión al
Evangelio, y los odres nuevos, con referencia al que acepta la obra de
Cristo (Mateo 9: 16 – 17); el nuevo pacto hecho entre Dios y el ser
humano, que se realiza en la sangre preciosa de Jesucristo (Mateo 26: 28; Marcos
14: 24; Lucas 22: 20; 1 Corintios 11: 25; 2 Corintios 3: 6; Hebreos 8: 8 –
13); el nuevo nacimiento (Juan 3: 3 – 21); el régimen nuevo del Espíritu
frente al régimen viejo de la letra (Romanos 7: 6; 8: 1 – 4; Gálatas
4: 4 – 7); el nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de
la verdad (Efesios 2: 24; Colosenses 3: 10); el camino nuevo y vivo que el
Señor Jesús nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, teniendo
libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo
(Hebreos 10: 19 – 20); etc.
De
todo lo expuesto en este punto, entiendo de gran interés detenernos en
Colosenses 3: 9 – 10. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos
despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el
cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento
pleno.
La
renovación es tratada aquí como parte indiscutible del nuevo hombre, con el
que se da por hecho que el creyente se ha revestido.
Nos
corresponde como receptores de la gracia que se nos da en Cristo, por la
misericordia de Dios, ser hechos nuevos una y otra vez en nuestro hombre
interior.
El
apóstol Pablo revela por el Espíritu Santo que en el interior del creyente -aún
en una apariencia externa de tribulación, de apuros, persecución y hasta de
estar derribado-, impregnados de Dios mismo que en él, resplandece la luz de
Dios para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de
Jesucristo (2 Corintios 4: 6 – 10).
Exteriormente
nos vamos desgastando por el paso de los años, las distintas experiencias,...
Pero en nuestro interior nos contagiamos de Aquel que nos mueve y levanta, nos
ama e impulsa. El trato día a día con el Espíritu Santo hace que nuestra vida
adquiera una dimensión muy alta, teniendo como base el conocimiento de Cristo y
su obra, en la voluntad amorosa del Padre y la acción en poder del Espíritu de
Dios. (2 Corintios 4: 16 – 18).
De
manera que los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán
alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se
fatigarán. (Isaías 40: 31).
Además
de lo expuesto, llama la atención, en el texto referido de la Carta del apóstol
Pablo a los Colosenses, que el nuevo hombre se va renovando para el
conocimiento pleno. Enlaza, así, estas dos ideas (renovación y
conocimiento) tan importantes en el creyente.
Si
no somos renovados día a día, envejecemos espiritualmente, con los
inconvenientes que esto conlleva. Es decir, entramos en un declive decrépito
con multitud de vertientes.
He
podido comprobar que cuando lo desvirtuado y estático, sin la renovación en el
Espíritu de Dios que las cosas de los hombres requieren en imperiosa necesidad,
es a gran escala y da paso a grupos que se prolongan en la historia, se le llama
institucionalismo. Es el ejemplo de las órdenes religiosas en la iglesia católica-romana.
También
he sido testigo, a veces con estupor, que la huida del institucionalismo
presentado en la iglesia católica-romana, se ha dado en un evolucionismo de carácter
marcadamente humanista. Comunidades de Base en liberalismo social fuera de la
Palabra de Dios, teología de la Liberación, etc.
En
otros círculos cristianos se le llama estancamiento o privacidad de avance.
En
ámbitos evangélicos, y viendo este mal en el ámbito del individuo frente a
Dios, decimos que la persona “se enfría”.
Lo
cierto es que se pierde visión espiritual. No se tiene la misma percepción de
la realidad que al estar en pleno dinamismo en la voluntad de Dios.
Los
demás molestan a quien entra en esta falta de renovación, y hay desagrado en
el momento de realizar cualquier función eclesial. Difícilmente se reconocen
errores, tratando de resaltar la maldad de otros para tapar o excusar las
realizadas por la persona que no está en renovación.
El
creyente sigue con su actividad dentro de la iglesia, incluso ora (aunque le
cuesta más). No hablamos de alguien que abandona los caminos de Dios, sino que
está en crisis. Ocurrió algo que le ha interrumpido su renovación espiritual,
que es conforme al propósito de Dios para con nuestra vida.
Cuando
se ha pasado por esta experiencia, el cristiano reconoce que estas crisis son
necesarias. Pero han de enfocarse para de nuevo entrar en el propósito divino
de pleno conocimiento de Dios en nuestra mente, renovada y perfecta, igual a la
de Cristo (1 Corintios 2: 16).
Volviendo
a nuestro enfoque sobre la homosexualidad y su trato en la Palabra, vemos ahora
con claridad que no es de extrañar que en el encuentro personal con Dios a que
todo hombre o mujer está llamado (1 Timoteo 2: 4) -sabiendo que llegar al pleno
conocimiento de Dios es crucial en esta única experiencia-, el homosexual
adquiera una nueva visión y manera de vivir. Abandonando su práctica
homosexual y aceptando su valía en Cristo y su condición humana libre de
pecado y, por tanto, heterosexual.
Dios
quiere que todos nos encontremos con Él a un nivel de profunda intimidad.
Nuestro espíritu se pone en contacto con el Espíritu de Dios por su bondad y
misericordia.
Todas
nuestras aficiones, pensamientos, vicios, orientaciones,... que son contrarias a
Dios y su conocimiento son tratadas por el Espíritu Santo en su amor y afán de
ordenar nuestros pasos y, limpios por la sangre de Cristo, entrar en Su
presencia.
Como
vimos en el capítulo anterior, la homosexualidad es contraria a la voluntad de
Dios para el ser humano. Así, cuando una persona en condición homosexual viene
a Dios, choca en este aspecto con el Creador. En un trato amoroso y bajo la
dirección de ministros de Dios, la persona va siendo transformada en un avance,
conforme al conocimiento que Dios le da.
El
Señor, por el amor que nos tiene, y como colofón a su infinita obra de amor,
entregando a Su Hijo único por nosotros, para entrar en su reposo, haciendo la
paz con la humanidad que acepte este valiosísimo sacrificio, tiene enorme interés
en que seamos renovados.
Esta
renovación ha de ser continua, constante, sin interrupciones y a favor del
cumplimiento del propósito de Dios en nuestra vida.
El
Salmo 119: 9 – 10 dice: ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con
guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviarme de
tus mandamientos.
Poniendo
el máximo interés (con todo mi corazón te he buscado) en guardar la
Palabra de Dios, confiemos en Dios en que Él no nos va a dejar desviarnos
de sus mandamientos.
Se
trata de aceptar la acción de Dios en nosotros, permitiéndole que nos
transforme como Él quiera.
Todo
pecado que traigamos delante de Dios con un corazón arrepentido, es perdonado
por la sangre de Cristo.
La
homosexualidad es transformada por Dios en el momento que le dejamos que Él actúe
en nosotros.
Aquí,
el conocimiento de Dios es fundamental para saber cuál es la buena voluntad de
nuestro Dios y Padre.
2.
Alentar
y dirigir
Hermanos,
si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales,
restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que
tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los
otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser
algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña.
(Gálatas
6: 1 – 3).
La
restauración es parte de la acción que Dios nos pide para con los pecadores.
En
el punto visto, hemos determinado la actitud del creyente frente a su Señor. En
este sentido hablamos de la acción del Espíritu Santo directa, personal e íntima
en el seguidor de Cristo.
En
este apartado que comienza, trataremos de analizar la responsabilidad y actitud
de los creyentes que rodean a quien viene a la iglesia –y, por tanto, a Dios-
con la homosexualidad como atadura.
La
Palabra habla, en el texto escrito de Gálatas, a los espirituales, es decir,
los que saben discernir entre lo bueno y lo malo, los que se conducen en el Espíritu.
A ellos les encomienda la labor de restaurar en el Señor al que es sorprendido
en alguna falta, al pecador.
La
forma en que lo hace no es cualquiera, sino que tiene dos condiciones. Uno, con
espíritu de mansedumbre. Dos, considerándote a ti mismo, no sea que tú
también seas tentado.
Cuando
una persona viene al Señor, lo hace con todo su corazón, si de verdad se
encontró con Jesús. Pero también con muchas cosas antiguas que corresponden a
una pasada manera de vivir.
Da
igual si hablamos de un neófito o de un creyente maduro. Cuando un seguidor de
Cristo entra en desobediencia a Dios, ha de ser limpiado, restaurado. Esta labor
la hace Dios en la persona, e igualmente se vale también de los ministros que
Jesucristo ha constituido.
En
el campo que acabamos de exponer, entra también la
homosexualidad. Y, normalmente, no viene sola, sino que la persona en
condición homosexual ha tenido otras experiencias y marcas en su vida que le
hacen vulnerable espiritualmente y deben ser restauradas.
Valga
el ejemplo que he podido ver en mi experiencia como pastor: el vínculo entre la
homosexualidad y la drogadicción, la promiscuidad, las enfermedades venéreas,
el SIDA, vacíos internos, vergüenza, temores, falta de identidad personal,
inestabilidad psico-social y de empatía, traumas, rechazos, ser objeto de
burlas,...
En
ningún momento quiero colocar a la homosexualidad como el origen de todos estos
males, sino que he podido comprobar la relación que el individuo inmerso en la
homosexualidad tiene con una, o varias de estas cadenas que azotan a tantos y
tantos seres humanos.
Entramos
así en un terreno muy propio de la actividad cristiana, pero a veces tan
olvidado: la cura de almas.
La
visión de la iglesia como comunidad terapéutica no es común, pero sí real y
bíblica.
Al
acercarnos al ministerio de Jesús en la tierra, observamos un texto que podría
resumirlo o, como mínimo, trazar pinceladas de su hermosísima acción con todo
hombre y mujer. Es el pasaje de Lucas 4: 17 – 21.
Y
se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el
lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto
me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los
quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los
ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.
Y
enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la
sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha
cumplido esta Escritura delante de vosotros.
Es
el trabajo de nuestro Dios la sanidad de las naciones y de todo ser humano. Está
en su propósito sanar nuestro corazón y darnos libertad.
Dios
desea, en su amor, quitar de cada ser humano aquello que lo esclaviza. El pecado
es la peor esclavitud a la que ha sido sometida la humanidad. Se ha enseñoreado
durante siglos de todos. Y todos le hemos servido hasta la libertad que Cristo
nos dio (Romanos 6: 6; 8: 2; Colosenses 1: 13;...).
La
homosexualidad, como desobediencia a Dios, esclaviza en sus redes con complejas
consecuencias. Cristo nos liberta y nos da acceso a la presencia de Dios
(Hebreos 10: 19 – 22). Ahora, corresponde a la iglesia la labor de alentar,
dirigir, orientar, pastorear, alimentar, plantar, etc.
Además
del Señor Jesús, la Palabra de Dios nos ofrece el ejemplo del apóstol Pablo
como obra impresionante de la cura de almas. Leer Hechos 20: 17 – 35 y 1
Tesalonicenses 2: 1 – 16.
En
el diccionario leemos al llegar a cura varios significados. Entre ellos
es la acción de sanar las dolencias físicas y del alma hasta recobrar la
salud. Pero en su origen, este término no tenía el sentido de completar la
salud, sino el de cuidar. De hecho, una de las acepciones recogida en los
diccionarios tiene que ver con tener cuidado, estar al lado de alguien con toda
diligencia y disposición para llevarle adelante en sus dificultades.
Esta
definición no se puede identificar con el éxito en el concepto social actual.
No persigue como meta la sanidad sino el cuidado de alguien. Es así como se
aprecia en la Palabra de Dios cuando habla del tema del cuidado de almas o cura
de almas.
En
el texto de Hechos 20, Pablo presenta su actividad entre los efesios en unos términos
muy llamativos. Vemos que las palabras del apóstol no fueron tan sólo públicas,
delante de todos, sino también por las casas, de forma privada y
pausada. Amonestando con lágrimas a cada uno.
En
el texto también referido, 1 Tesalonicenses 2, Pablo se destapa como pastor que
hace bien su labor. Él mismo se compara con la nodriza que cuida con ternura
a sus propios hijos. Como el padre con sus hijos, dedicado a
cada uno en dar ánimo y consuelo, palabras de sabiduría divina. Destaca la
ternura, el cariño, la solicitud, el desvelo, trabajar sin descanso, estar
sumamente vigilantes con palabras y encargos para que los creyentes no se desvíen,
sino que prosperen conforme a la voluntad firme y preciosa de Dios.
Nada
de estas dos porciones bíblicas nos deja sin una enseñanza en la cura de
almas.
El
homosexual (pues este es el tema, pero sería aplicable a cualquier persona que
llega a una iglesia con hambre de Dios y en necesidad de ser escuchada y
ayudada) puede encontrar así la forma de entrar en el reposo de Dios,
descansando de todo cuanto trae de carga e incomprensión, y reconciliado con
Dios emprenderá su nueva vida en el Señor.
Aprender
en el Señor a escuchar
a otros es fundamental. La persona con problemas de homosexualidad,
necesita un ambiente propicio, de comprensión, sensible, en el que se pueda
abrir con confianza. Por el contrario, en encuentro en el que se vea censurado,
inferior, objeto de críticas, tenderá a cerrarse y huir con más daño aún
del que traía.
Observar
con detenimiento los consejos que se le dan, incluso las palabras que salen de
nuestra boca en conversaciones coloquiales distendidas, en las que probablemente
pongamos menos atención. Aconsejar no es fácil cuando se es responsable en el
Señor. Requiere oración, oír la voz de Dios, ponerse en el lugar de la otra
persona, sabiduría de Dios, cualidades espirituales y una posición en el Señor
muy definida en autoridad en Cristo Jesús.
La
visión que la persona con este problema tenga sobre la homosexualidad es muy
importante para encauzar su vida. La homosexualidad es aberrante ante Dios y,
por tanto, pecado. Hoy se tiende a llamarle elección, orientación o condición
sexual. Estos términos tranquilizan a la persona en un engaño personal, puesto
que cortan toda posibilidad de rectificación, dando por hecho que la persona es
así y no se puede hacer nada. Otra idea muy extendida es que fuera del ámbito
cristiano el homosexual es aceptado, teniendo presente que ésta es su condición;
pero en una iglesia no se va a tolerar el comportamiento de la persona y se le
hará la guerra. Ante esto, muchos deciden ocultar su pecado y temen que algún
día salga. Necesitamos sabiduría de Dios y la acción del Espíritu Santo para
que la persona vea y llame a la homosexualidad tal como es, pecado.
De
ahí llegará, por el convencimiento que el Espíritu de Dios trae a cada uno, a
arrepentimiento delante del Señor. Con amor tendremos que llevarlo a este
punto, de importancia en cada persona que se acerca a Dios.
A
partir de aquí, fortalecido en el Señor comienza una lucha para la persona que
tiene que apartarse amistades antiguas, de ambientes, tentaciones, etc. En
ocasiones la persona se siente sola, la iglesia deberá esforzarse por cubrir
espiritualmente a la persona en oración y acercarse a ella en verdadero amor
fraternal y amistad.
La
nueva en Cristo es un camino asombroso y maravilloso, no exento de luchas, pero
formidable. Tratemos que el que fue homosexual en su antigua forma de vivir lo
disfrute al máximo.
Tenderá
a rehacer su vida con rapidez, interesándose por el sexo opuesto de inmediato.
Suelen ser personas que no soportan la soledad, pues esta idea les repela, al
resonar en su mente que por su vida antigua no podrán desarrollarse igual que
otros. En nuestros consejos es bueno incluir la calma y templanza. Llevemos a
estos nuevos cristianos a oír la voz de Dios y no tomar decisiones
precipitadas. No es conveniente que adquiera compromisos que luego le pesarán y
menos en el terreno donde tuvo el problema, hasta que su vida espiritual sea
fuerte y dispuesta a lo que venga.
Pero
tengamos en cuenta que la iniciativa que la persona tenga para entrar en la
voluntad de Dios es buena y es conveniente aprovecharla y potenciarla.
Todos
podemos decir que fuimos algo en nuestra antigua manera de vivir. Por ejemplo,
la Palabra menciona en Efesios 4: 28 a cristianos que antes de llegar a la
iglesia robaban. Aquella persona que practicó la homosexualidad, al venir a
Cristo cambia y tendrá este haber en su pasada manera de vida, en su viejo
hombre, crucificado ya con el Señor en la cruz del Calvario (Romanos 6: 6).
Es
un gozo enorme cuando una persona se convierte al Señor, siguiendo sus caminos
en una nueva vida según Cristo Jesús. Tanto más cuando conocemos su
trayectoria antigua y apreciamos el cambio experimentado en su vida. El trato de
Dios con cada hombre y mujer es delicado y perfecto, llegando hasta el final,
completando la obra iniciada en una persona, hasta la perfección (Filipenses 1:
6).
Por
ello, aunque no veamos fruto alguno en aquellos a los que le predicamos -a pesar
de apreciar la dureza de los que nos rodean y no conocen a Cristo, por enorme
que pensemos que es el pecado que los ata, y cuando alguien que viene a Dios
trae muchas cosas que se oponen a Su voluntad-, no nos cansemos de predicar y
orar por los demás, ni desesperemos. Pues el trabajo hecho en el Señor y
dentro de Su voluntad no es en vano, sino que estamos seguros que a su tiempo
dará fruto (1 Corintios 15: 58).
A
los cristianos actuales, no permitamos el pecado, sino batallemos contra la
esclavitud con que el diablo nos quiere atar. Pero sí amemos al pecador, en
este caso a los homosexuales, para ganarlos para Cristo en oración y cuanto
Dios nos permita a cada uno, y así dejen las cosas que Dios aborrece y sean
libres en Él.
[1]
BOE 157, 2 de julio de 2005, página 23632.
[2]
Ídem.
[3]
ForoCristiano.iglesia.net. (6 de Julio de 2.004)
[4]
Josh McDowell y Bob Hostetler. Manual
para Consejos de Jóvenes.
Editorial Mundo Hispano 2.000. Página 326.
[5]
iglesia.net, noticias. Fuente: Ágape Press. 14 de Noviembre de 2.005
[6]
D. P. Kingdon, M. A., B. D., Inter-Varsity Press, Leicester; anteriormente,
the Irish Baptist College, Belfast. Participación
en Nuevo Diccionario de Teología. Editado
por Sinclair B. Ferguson, David F. Wright, J. I. Packer. Casa
Bautista de Publicaciones. 1.992. Página 399.
[8]
Walter
Wink es Profesor de Interpretación Bíblica
en el Auburn Theological Seminary en la Ciudad de Nueva York. Con
anterioridad fue pastor Metodista, estudió y enseñó en el Union
Theological Seminary en Nueva York y es autor de diversas obras, entre
ellas: “Homosexuality and Christian Faith. Questions of Conscience for the Churches”
Fortress Press.Minneapolis. 1999
[9]
Pastoral del SIDA. La homosexualidad y la Biblia.
[10]
Pastoral del SIDA. Asignatura Pendiente.
[11]
Walter A. Elwell y Robert W. Yarbrough. Al
Encuentro del Nuevo Testamento. Editorial CARIBE 1.999.
Página 279.
1
Walter
A. Elwell (doctorado en la Universidad de Edimburgo) ha editado
numerosas obras de referencia bíblica. Es profesor de estudios bíblicos y
teológicos en el Wheaton College.
[13]
Robert W. Yarbrough (doctorado en la Universidad de Aberdeen) es profesor
adjunto de Nuevo Testamento en la Universidad Internacional Trinity y
traductor de varias obras importantes.
[14]
Walter A. Elwell y Robert W. Yarbrough. Al
Encuentro del Nuevo Testamento. Editorial CARIBE 1.999. Página 279.
[15]
Alfred Edersheim (1.825-1.889). La Vida y los Tiempos de Jesús el Mesías.
Tomo 2. Editorial CLIE. 1.989. Página 139.
[16]
C. O. Buchanan, M.A., St. John’s College, Nottingham; Aston, Birmingham. Colaborador
en Nuevo Diccionario de Teología. Casa Bautista de Publicaciones,
1.992. Página 731.